Después de veinticinco días, el festival de Almagro llega a su final, y se supone que es la hora de hacer balance. Según su director ha sido un éxito rotundo con espectáculos maravillosos y con más del 95% de las entradas vendidas. Sin duda, si fuera cierto, se trataría de algo fantástico para la ciudad y para los que amamos el festival, pero no lo es ni de lejos. Tal y como está organizado el festival es muy fácil cuadrar las estadísticas para que parezca que se han vendido todas las entradas, y no sería difícil demostrar que se ha vendido más del 120% del aforo, bastaría con contabilizar las aportaciones de los patrocinadores como venta de entradas, pero lo que se ha visto día a día no cuadra con lo que se dice en las ruedas de prensa. Los que seguimos el día a día del festival hemos visto el festival con menos ambiente de los últimos años, y una programación que no resulta atractiva. El teatro puede provocar muchas sensaciones: pasión, diversión, ira, vergüenza, gozo. Todas ellas son naturales y provocan controversia, lo que mantiene el teatro vivo. Sólo hay una sensación que no se puede permitir el teatro, la indiferencia. Cuando eso pasa, el teatro se muere porque el espectador se vuelve perezoso y pierde la curiosidad por el trabajo de los actores en el escenario. Y si hubiera que resumir la presente edición, por desgracia habría que decir que ha sido el festival de la indiferencia.
Hace pocos días, Emilio Hernández, el director del festival, dijo que aún faltaba mucho para llegar al techo. Es una de las pocas verdades que ha dicho, y mientras él siga dirigiendo el festival ese techo estará más lejos porque cada año lo hunde un poco más ante la indiferencia de aquellos que deberían velar por la buena salud de un evento que ve perder el merecido prestigio que tuvo en otros tiempos.
Hoy hemos despedido el festival 2009. Es el momento de cantar el ‘pobre de mí’, y esperemos que la próxima edición sea la que devuelva la ilusión perdida. Al menos eso deseamos los que queremos que Almagro vuelva a ser una fiesta de día y de noche, eso sí respetando la siesta que exige el calor sofocante del mes de julio.
lunes, 27 de julio de 2009
lunes, 20 de julio de 2009
El negro en la literatura
Todos hemos oído hablar de los negros en el mundo literario. Es una de las leyendas más extendidas, y como toda leyenda, parte de una base cierta. Cuántas veces hemos oído hablar de ellos. Sin embargo, no hemos conocido a ninguno y se trata de uno de los secretos mejor guardados del mercado editorial.
Bastantes de mis lectores me han dicho que si mis libros los hubieran publicado escritores conocidos se habrían agotado muchas ediciones. Esas palabras las recibo como un halago, pero el mercado editorial no vive de alabanzas y no se pueden repartir las ventas entre muchos autores porque no se puede permitir que el negocio quede en manos del azar. Hay que cuidar a los escritores estrella por los muchos beneficios que generan, y eso conlleva que tengan que incrementar su producción literaria para satisfacer la demanda.
El proceso creativo de los escritores no funciona como una fabrica, en la que si se invierte en material y se contrata más personal la producción aumenta. Es cierto que muchos escritores famosos tienen un equipo de gente detrás que facilitan su trabajo, y no sabemos el peso real que tienen en el proceso creativo. En estos casos se puede hacer un paralelismo a la labor que realizan los investigadores. El reconocimiento se los lleva el director del proyecto, pero detrás hay un equipo de científicos que realizan la mayor parte del trabajo.
Yo entiendo que el hecho artístico es otra cosa y que el creador debe realizar todo el proceso. No concibo que un gran actor de teatro sólo salga a escena a decir los textos más brillantes mientras deja los otros para un ayudante.
He hecho este largo preámbulo para decir que ayer conocí a un negro literario. Lo bueno que tiene ser escritor y tener tu propia tienda en un lugar tan concurrido como la plaza de Almagro es que propicia encuentros muy interesantes. Ayer entró un hombre en la tienda. Después de hojear algunos de mis libros, eligió dos de ellos, e hizo un comentario sobre Lágrimas de Yaiza que me sorprendió y que podría responder a que se estuviera marcando un farol o a que sabía más de lo que parecía. Ni siquiera me pidió que se los firmara. Entonces le pregunté cuál era su relación con la literatura, y admitió que era negro. Todo lo que escribe aparece firmado por escritores famosos, y no podía decirme su nombre ni el de los escritores y editoriales para los que trabaja.
Cuando se fue, me quedé pensado en aquella breve charla, y no porque me sorprendiera lo que escuché porque hace bastante tiempo que me di cuenta de que había demasiadas cosas que no me cuadraban en el mercado literario, aunque supongo que esto no es nuevo y que la compraventa de historias es un negocio legal en el que todos salen beneficiados, siempre y cuando el lector nunca sepa que el escritor que tanto admira no tenía tiempo ni ideas para escribir personalmente todos los libros que ha comprado.
Trato de imaginar cómo sería mi vida si las novelas que escribo llegaran a las librerías firmadas por autores famosos. Supongo que en lo económico sería más desahogada, y hasta puede que estuviera orgulloso del éxito que alcanzara mi obra. Al fin y al cabo el ego también tiene un precio, y esos escritores anónimos deben cobrar mucho más que si los libros aparecieran con su propia firma, aparte de que no corren peligro de quemar su imagen ni tienen que soportar los compromisos que conlleva la fama. Ellos no escriben para enganchar a millones de lectores, lo hacen para complacer a un puñado de escritores y editoriales que necesitan de la materia prima que mantiene vivo el negocio.
Me temo que con diez novelas ya publicadas no puedo buscar trabajo como escritor negro, aunque puede que se trate de un buen tema para escribir una novela.
Si el hombre que estuvo en mi tienda me mintió, puede que lo escrito en esta entrada sólo sean elucubraciones de una mente calenturienta, pero si lo que dijo es cierto es necesario hacer una profunda reflexión sobre los libros que leemos.
Bastantes de mis lectores me han dicho que si mis libros los hubieran publicado escritores conocidos se habrían agotado muchas ediciones. Esas palabras las recibo como un halago, pero el mercado editorial no vive de alabanzas y no se pueden repartir las ventas entre muchos autores porque no se puede permitir que el negocio quede en manos del azar. Hay que cuidar a los escritores estrella por los muchos beneficios que generan, y eso conlleva que tengan que incrementar su producción literaria para satisfacer la demanda.
El proceso creativo de los escritores no funciona como una fabrica, en la que si se invierte en material y se contrata más personal la producción aumenta. Es cierto que muchos escritores famosos tienen un equipo de gente detrás que facilitan su trabajo, y no sabemos el peso real que tienen en el proceso creativo. En estos casos se puede hacer un paralelismo a la labor que realizan los investigadores. El reconocimiento se los lleva el director del proyecto, pero detrás hay un equipo de científicos que realizan la mayor parte del trabajo.
Yo entiendo que el hecho artístico es otra cosa y que el creador debe realizar todo el proceso. No concibo que un gran actor de teatro sólo salga a escena a decir los textos más brillantes mientras deja los otros para un ayudante.
He hecho este largo preámbulo para decir que ayer conocí a un negro literario. Lo bueno que tiene ser escritor y tener tu propia tienda en un lugar tan concurrido como la plaza de Almagro es que propicia encuentros muy interesantes. Ayer entró un hombre en la tienda. Después de hojear algunos de mis libros, eligió dos de ellos, e hizo un comentario sobre Lágrimas de Yaiza que me sorprendió y que podría responder a que se estuviera marcando un farol o a que sabía más de lo que parecía. Ni siquiera me pidió que se los firmara. Entonces le pregunté cuál era su relación con la literatura, y admitió que era negro. Todo lo que escribe aparece firmado por escritores famosos, y no podía decirme su nombre ni el de los escritores y editoriales para los que trabaja.
Cuando se fue, me quedé pensado en aquella breve charla, y no porque me sorprendiera lo que escuché porque hace bastante tiempo que me di cuenta de que había demasiadas cosas que no me cuadraban en el mercado literario, aunque supongo que esto no es nuevo y que la compraventa de historias es un negocio legal en el que todos salen beneficiados, siempre y cuando el lector nunca sepa que el escritor que tanto admira no tenía tiempo ni ideas para escribir personalmente todos los libros que ha comprado.
Trato de imaginar cómo sería mi vida si las novelas que escribo llegaran a las librerías firmadas por autores famosos. Supongo que en lo económico sería más desahogada, y hasta puede que estuviera orgulloso del éxito que alcanzara mi obra. Al fin y al cabo el ego también tiene un precio, y esos escritores anónimos deben cobrar mucho más que si los libros aparecieran con su propia firma, aparte de que no corren peligro de quemar su imagen ni tienen que soportar los compromisos que conlleva la fama. Ellos no escriben para enganchar a millones de lectores, lo hacen para complacer a un puñado de escritores y editoriales que necesitan de la materia prima que mantiene vivo el negocio.
Me temo que con diez novelas ya publicadas no puedo buscar trabajo como escritor negro, aunque puede que se trate de un buen tema para escribir una novela.
Si el hombre que estuvo en mi tienda me mintió, puede que lo escrito en esta entrada sólo sean elucubraciones de una mente calenturienta, pero si lo que dijo es cierto es necesario hacer una profunda reflexión sobre los libros que leemos.
martes, 14 de julio de 2009
Graznarín el Trovador

Las aventuras del ilustre caballero Graznarín el Trovador y de su escudero pendenciero, fue mi tercera novela, aunque cuando comencé a escribirla no la concebí como novela. La escribí entre el otoño del 96 y la primavera del 97. Era una época en la que me encontraba en el paro tras pasar trece años como fotógrafo publicitario en una productora que dejó de confiar en mi trabajo. Entonces intentaba abrirme camino como escritor, y quería centrarme en los guiones de cine al considerar que la novela era un reto demasiado grande para alguien que nunca había tenido vocación literaria.
Recuerdo que fui a Almagro para pasar unos días en casa de unos amigos actores durante el festival de teatro clásico. Mis anfitriones colaboraban con una emisora de radio y se habían propuesto hacerle una entrevista al nuevo presidente del gobierno que acudió a Almagro para inaugurar el festival, pero no pudieron acercarse a él a causa de las férreas medidas de seguridad. Entonces les propuse escribir una entrevista con un hipotético presidente y su ministra de cultura. En su casa tenía a mi disposición a dos actrices y dos actores para grabar sobre la marcha lo que iba escribiendo con mi ilegible caligrafía en las hojas de un cuaderno. En menos de una hora estaba el trabajo hecho. Cuando se emitió al día siguiente, se bloqueó la centralita de la emisora. A algunos les había encantado mientras otros nos llamaban sinvergüenzas, pero la esperpéntica entrevista tuvo que emitirse varias veces.
Después de aquella experiencia, comencé a plantearme escribir una sátira política sobre el vertiginoso ascenso de un joven aspirante a político que llega a cumplir su sueño de ser presidente de gobierno. Durante varios meses trabajé en la historia. Luego la mandé a varias editoriales y no me respondieron. Finalmente, la dejé aparcada porque otros proyectos me parecían prioritarios. Con el cambio de panorama político pensé que la historia perdía su sentido, pero a veces la realidad acaba siendo más esperpéntica que la ficción, y trece años después de escribirla he decidido publicarla. Podría haberle añadido nuevos capítulos o reformar lo que había escrito, pero no he querido hacerlo porque no lo habría hecho con el mismo entusiasmo que la escribí en su momento.
Ahora ofrezco a mis lectores esta moderna novela de caballerías, escrita con un lenguaje un tanto barroco, sabiendo que se van a encontrar ante algo inclasificable y muy diferente al resto de mi obra. Confío en que aquellos que se atrevan a leerla se rían con esta mirada sarcástica y nada fidedigna a un periodo muy peculiar de la historia de España.
Recuerdo que fui a Almagro para pasar unos días en casa de unos amigos actores durante el festival de teatro clásico. Mis anfitriones colaboraban con una emisora de radio y se habían propuesto hacerle una entrevista al nuevo presidente del gobierno que acudió a Almagro para inaugurar el festival, pero no pudieron acercarse a él a causa de las férreas medidas de seguridad. Entonces les propuse escribir una entrevista con un hipotético presidente y su ministra de cultura. En su casa tenía a mi disposición a dos actrices y dos actores para grabar sobre la marcha lo que iba escribiendo con mi ilegible caligrafía en las hojas de un cuaderno. En menos de una hora estaba el trabajo hecho. Cuando se emitió al día siguiente, se bloqueó la centralita de la emisora. A algunos les había encantado mientras otros nos llamaban sinvergüenzas, pero la esperpéntica entrevista tuvo que emitirse varias veces.
Después de aquella experiencia, comencé a plantearme escribir una sátira política sobre el vertiginoso ascenso de un joven aspirante a político que llega a cumplir su sueño de ser presidente de gobierno. Durante varios meses trabajé en la historia. Luego la mandé a varias editoriales y no me respondieron. Finalmente, la dejé aparcada porque otros proyectos me parecían prioritarios. Con el cambio de panorama político pensé que la historia perdía su sentido, pero a veces la realidad acaba siendo más esperpéntica que la ficción, y trece años después de escribirla he decidido publicarla. Podría haberle añadido nuevos capítulos o reformar lo que había escrito, pero no he querido hacerlo porque no lo habría hecho con el mismo entusiasmo que la escribí en su momento.
Ahora ofrezco a mis lectores esta moderna novela de caballerías, escrita con un lenguaje un tanto barroco, sabiendo que se van a encontrar ante algo inclasificable y muy diferente al resto de mi obra. Confío en que aquellos que se atrevan a leerla se rían con esta mirada sarcástica y nada fidedigna a un periodo muy peculiar de la historia de España.
viernes, 3 de julio de 2009
Festival de Almagro
Un nuevo año comienza el Festival de Teatro Clásico de Almagro y durante veinticinco calurosos días la ciudad debería convertirse en una referencia ineludible del teatro internacional, y digo debería porque desde hace unos años el festival no solo parece estancado, hay muchos que consideramos que el modelo actual está caducado y es necesario hacer profundos cambios tanto en la dirección como en la programación. Este año queda la excusa de agarrarse a la crisis y al ajuste presupuestario, pero creo que eso no justifica que la programación parezca de saldo y que la inauguración haya sido la más floja que recuerdo.De todas formas lo más importante del festival sigue siendo el ambiente nocturno de la ciudad cuando terminan las representaciones y la gente se agolpa en las terrazas o en los bares de copas hasta altas horas de la madrugada, y donde el público y los actores de las compañías confraternizan. Eso es lo que hace diferente a Almagro. El teatro al fin y al cabo es el pretexto para pasarlo bien, aunque se disfruta más cuando previamente se ha visto una buena representación.
El mes de julio en Almagro implica calor, tertulias metateatrales entre cañas, largas siestas hasta que el sol permite salir a la calle, y extensas veladas hasta que llega el alba. Los más afortunados tendrán el recuerdo de una hermosa representación. Para los otros quedará la resaca, que no solo pondrá fin a los excesos de la noche, también borrará aquello que no haya sido grato; y cuando llegue la hora del aperitivo, saldrán a la calle con los ojos medio cerrados tras unas gafas oscuras, con la lengua como si fuera una lija y con los restos de una jaqueca que la aspirina no ha terminado de borrar, pero aún así estarán convencidos del ambientazo que hay en el festival, y de que la noche siguiente estarán en el bando de los afortunados.
¡Que la crisis no pare la fiesta del teatro en Almagro!
jueves, 25 de junio de 2009
Las musas
Siempre que se habla de la inspiración en cualquier actividad artística, aparecen las musas, como si partiendo de la nada apareciera una idea brillante que permitiera crear un cuadro o una novela.
Yo entiendo las musas de una manera un tanto diferente. No las asocio a la inspiración, a lo que genera un proyecto, sino que son esenciales a la hora de concretarlo.
Sigo sin saber que es la inspiración, por qué surge una idea diferente al resto que hace de espoleta en el interior del cerebro hasta que se desencadena una auténtica revolución. Cuando me surge la idea para una novela tengo que buscar a los protagonistas que me ayuden a concretarla, y ahí es donde aparecen las musas. Yo necesito poner imagen a esos protagonistas, y para ello me sirvo de personas reales, aunque raramente los implicados lo llegan a saber porque no suelo hacer descripciones de los personajes, ni lo que ocurre en la historia tiene que ver con la vida real de esas personas, pero considero muy importante contar con una referencia física para esos personajes.
También es cierto que algunas musas permanecen durante bastante tiempo a pesar de que las historias cambien, y en mi caso también ha ocurrido, pero ninguna musa es eterna porque se corre el riesgo de llegar a la obsesión, convirtiéndose en un lastre en lugar de un incentivo para crear.
Yo no me puedo quejar de mis musas, siempre han sido generosas y contribuyen a que mi trabajo creativo sea mucho más grato. Al igual que las ideas, aparecen cuando menos se espera, y hay que estar atento para descubrirlas porque a las musas no les gusta exhibirse, todo lo contrario, el misterio es lo que las convierte en tan sugerentes.
Yo entiendo las musas de una manera un tanto diferente. No las asocio a la inspiración, a lo que genera un proyecto, sino que son esenciales a la hora de concretarlo.
Sigo sin saber que es la inspiración, por qué surge una idea diferente al resto que hace de espoleta en el interior del cerebro hasta que se desencadena una auténtica revolución. Cuando me surge la idea para una novela tengo que buscar a los protagonistas que me ayuden a concretarla, y ahí es donde aparecen las musas. Yo necesito poner imagen a esos protagonistas, y para ello me sirvo de personas reales, aunque raramente los implicados lo llegan a saber porque no suelo hacer descripciones de los personajes, ni lo que ocurre en la historia tiene que ver con la vida real de esas personas, pero considero muy importante contar con una referencia física para esos personajes.
También es cierto que algunas musas permanecen durante bastante tiempo a pesar de que las historias cambien, y en mi caso también ha ocurrido, pero ninguna musa es eterna porque se corre el riesgo de llegar a la obsesión, convirtiéndose en un lastre en lugar de un incentivo para crear.
Yo no me puedo quejar de mis musas, siempre han sido generosas y contribuyen a que mi trabajo creativo sea mucho más grato. Al igual que las ideas, aparecen cuando menos se espera, y hay que estar atento para descubrirlas porque a las musas no les gusta exhibirse, todo lo contrario, el misterio es lo que las convierte en tan sugerentes.
sábado, 20 de junio de 2009
El derecho a la excomunión
Para la iglesia católica, la excomunión es uno de los castigos más graves que pueden imponer a sus fieles, sobre todo desde que la Inquisición dejó de actuar con sus métodos contundentes, algo que muchos prelados parecen echar de menos. Entiendo que los obispos, como miembros de una sociedad democrática tienen derecho a expresar su opinión, como los fontaneros, médicos, modistas o toreros, pero de ahí a pensar que su opinión tiene que ser vinculante para toda la sociedad media un abismo. Con la nueva ley del aborto se podrá estar en acuerdo o desacuerdo, cada uno tenemos nuestra conciencia y me parece justo que haya soluciones a los problemas que se puedan plantear a aquellas mujeres que se queden embarazadas sin desearlo. Nadie aborta por gusto, y es una decisión muy difícil de tomar para cualquier mujer. En cuanto a hablar del aborto como crimen, considero que andan muy equivocados los señores obispos. Crímenes son los muchos casos de pederastia que se han cometido en hospicios contra niños indefensos por miembros del clero, pero en esos casos, la conferencia episcopal no sólo no se pronuncia, sino que pone todo su empeño en que no trasciendan a la opinión pública.
Equiparar el aborto con un crimen me parece cuando menos temerario, porque si se habla de que la vida existe en el momento de la concepción, por qué no considerar los espermatozoides y los óvulos como generadores de vida, y por lo tanto, su no aprovechamiento para la procreación como un crimen. En ese caso, hasta los señores obispos serían unos criminales por no haber contribuido al crecimiento de la especie humana, a no ser que a través de alguna bula los miembros del clero estén exentos de producir semen.
Y por último, una reflexión por la que espero que me sea concedida la excomunión, puesto que estoy bautizado e hice la comunión, actos de los que no me pude librar al no tener uso de razón. Yo pienso que si los hombres se quedaran embarazados (incluidos los obispos), el aborto sería un sacramento.
Espero que la iglesia católica tenga a bien enviarme la notificación de la excomunión y me den de baja como uno de sus fieles.
Equiparar el aborto con un crimen me parece cuando menos temerario, porque si se habla de que la vida existe en el momento de la concepción, por qué no considerar los espermatozoides y los óvulos como generadores de vida, y por lo tanto, su no aprovechamiento para la procreación como un crimen. En ese caso, hasta los señores obispos serían unos criminales por no haber contribuido al crecimiento de la especie humana, a no ser que a través de alguna bula los miembros del clero estén exentos de producir semen.
Y por último, una reflexión por la que espero que me sea concedida la excomunión, puesto que estoy bautizado e hice la comunión, actos de los que no me pude librar al no tener uso de razón. Yo pienso que si los hombres se quedaran embarazados (incluidos los obispos), el aborto sería un sacramento.
Espero que la iglesia católica tenga a bien enviarme la notificación de la excomunión y me den de baja como uno de sus fieles.
sábado, 13 de junio de 2009
Final de temporada
La temporada de primavera en el Corral de Comedias de Almagro acaba después de más de cien representaciones. Ahora llega una de las épocas del año en que puedo cogerme unos días libres, aunque tengo amigos que dicen que trabajo cuatro días al año y el resto estoy de vacaciones. Si dedicar casi todas las horas del día a cultivar aquello que más te gusta es estar de vacaciones, admito que soy un privilegiado porque disfruto escribiendo, y hasta los viajes que hago los considero de trabajo porque siempre acaban aportando algo nuevo a mis historias.
Para esta ocasión he elegido la Costa Brava, en la que estuve hace muchos años para hacer una foto publicitaria de un coche al amanecer, uno de esos disparates propios de la publicidad que nunca llegué a comprender, pero que me vinieron muy bien para hacer viajes que no me podía permitir con mis escasos recursos.
Esta vez también voy a hacer fotos, pero las que me gusten porque la fotografía se ha convertido en una herramienta muy útil para escribir. Tampoco soy de los que viajan con la cámara delante del ojo, como muchos turistas que en su afán de captarlo todo se pierden lo esencial, la capacidad de disfrutar con lo que se tiene delante.
Son pocos días los que estaré fuera, pero los suficientes para regresar a Almagro en vísperas de que empiece el Festival Internacional de Teatro Clásico, que es la época del año donde hay más gente y vendo más libros, aparte de que retomaré mi nueva novela con ilusión después de dejarla aparcada durante más de un mes para revisar, maquetar y diseñar los nuevos libros que he dejado en imprenta, y que son nada menos que seis: una recopilación de casi todas mis obras teatrales en cuatro volúmenes; una novela que escribí hace doce años y que se trata de una sátira política, contada como novela de caballerías, sobre el ascenso y llegada al poder de un gobernante que con sus acciones posteriores superó el esperpento que cuento en mi historia. El último de los libros es la novela en la que he trabajado los últimos años y en la que he puesto todo lo que sé. Espero tener todos los libros a principios de julio, pero antes intentaré disfrutar de la Costa Brava más agreste.
Para esta ocasión he elegido la Costa Brava, en la que estuve hace muchos años para hacer una foto publicitaria de un coche al amanecer, uno de esos disparates propios de la publicidad que nunca llegué a comprender, pero que me vinieron muy bien para hacer viajes que no me podía permitir con mis escasos recursos.
Esta vez también voy a hacer fotos, pero las que me gusten porque la fotografía se ha convertido en una herramienta muy útil para escribir. Tampoco soy de los que viajan con la cámara delante del ojo, como muchos turistas que en su afán de captarlo todo se pierden lo esencial, la capacidad de disfrutar con lo que se tiene delante.
Son pocos días los que estaré fuera, pero los suficientes para regresar a Almagro en vísperas de que empiece el Festival Internacional de Teatro Clásico, que es la época del año donde hay más gente y vendo más libros, aparte de que retomaré mi nueva novela con ilusión después de dejarla aparcada durante más de un mes para revisar, maquetar y diseñar los nuevos libros que he dejado en imprenta, y que son nada menos que seis: una recopilación de casi todas mis obras teatrales en cuatro volúmenes; una novela que escribí hace doce años y que se trata de una sátira política, contada como novela de caballerías, sobre el ascenso y llegada al poder de un gobernante que con sus acciones posteriores superó el esperpento que cuento en mi historia. El último de los libros es la novela en la que he trabajado los últimos años y en la que he puesto todo lo que sé. Espero tener todos los libros a principios de julio, pero antes intentaré disfrutar de la Costa Brava más agreste.
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