La concesión del premio Planeta a Fernando Savater no ha sorprendido a nadie, como tampoco el nombre de la finalista. El titulo de las novelas poco importa, al fin y al cabo, quién recuerda el título de los libros que han ganado el Planeta. Se venderán muchos miles de ejemplares y se leerán bastantes menos. Se galardona al autor, con la condición de que sea muy conocido y salga regularmente en los medios de comunicación. Quien otorga un premio de seiscientos mil euros tiene que asegurarse unas ventas de seis millones para que el negocio sea rentable, y eso no sería posible con un escritor desconocido, aunque haya escrito una novela mejor que El Quijote o Cien años de soledad.
Al autor de Ética para Amador, además de otros libros filosóficos ampliamente difundidos, no se le puede culpar de haber ganado el Planeta, a lo sumo se le puede acusar de parecer ingenuo y creer que su obra ha sido elegida por un jurado que la ha considerado la mejor entre todas las participantes. Este premio no se gana, se negocia, y es posible que su agente ya se hubiera encargado de ello con la editorial antes de que estuviera acabado el manuscrito. El propio Savater lo admite implícitamente en unas declaraciones al decir que su anterior novela pasó desapercibida y no quería que eso le volviera a ocurrir. A muchos escritores nos ocurre lo mismo, aunque carecemos de los contactos de alguien que conoce a fondo el sentido de la palabra ética, y que en su diccionario debe significar: utilizar todos los recursos disponibles para alcanzar el objetivo.
De todas formas, al ser un galardón que entrega una entidad privada con ánimo de lucro, no se puede cuestionar el procedimiento seguido para la elección. La editorial le da el dinero a quien le apetece, aunque lo camufle tras un premio literario para obtener mayor publicidad y se rodea de un jurado de relumbrón que debe cobrar holgadamente por participar en un paripé.
Como escritor me molesta que se diga que esa novela ha ganado en un concurso donde participan más de quinientos manuscritos, y me duele que haya quinientos incautos que se gasten dinero en hacer fotocopias y enviar sus textos a una pantomima. Reconozco que yo lo hice una vez porque hace años pensaba que era como jugar a la lotería. Luego me di cuenta de que en la lotería están todos los números en el bombo, mientras en el Planeta sólo entran dos o tres. También hay que decir que esto ocurre en otros muchos premios, pero el admitir que existe la cosa nostra en el mundo literario no implica que haya que guardar la omerta.
Enhorabuena a Fernando Savater, espero que su próximo libro se titule: La ética del ganador. Mientras tanto, supongo que algún famoso ya se estará frotando los dedos esperando ganar la próxima edición, aunque es posible que la editorial tenga que dárselo a Ruiz Zafón en vista de que su último libro no ha vendido todos los ejemplares que esperaban y no pueden permitir que su gallina de los huevos de oro entre en declive.
sábado, 18 de octubre de 2008
miércoles, 8 de octubre de 2008
Literatura: ¿Vocación o necesidad?
En literatura, como en otras manifestaciones artísticas, se suele cuestionar si un escritor nace o se hace, como si existiera un don que sólo está al alcance de unos pocos elegidos, o de aquellos que tienen medios para seguir un largo proceso de formación.
Sé que hay mucha gente que comienza a escribir desde que es muy joven y que muy pronto desarrollan la vocación literaria. Algunos de ellos tienen la posibilidad de cultivarla al tiempo que continúan aprendiendo y llegan a desarrollar una carrera profesional. Estos escritores suelen caracterizarse por un buen conocimiento del lenguaje, por conseguir una técnica narrativa depurada, por realizar una labor de documentación muy amplia y por elaborar un plano preciso de la historia antes de escribir el texto definitivo.
Siento decir que yo no soy uno de esos escritores. Durante mi infancia y juventud prefería jugar al baloncesto, me atraía el periodismo deportivo, empecé a practicar la fotografía y me fascinaba el ajedrez. También me gustaba leer, pero en ningún momento me cuestioné la posibilidad de escribir un texto. De hecho, sentía cierta fobia por la lengua y la literatura y nunca aprendí a hacer un comentario de texto. Con estos antecedentes, me decanté por ciencias, aunque mi experiencia universitaria se limitó a matricularme durante un curso en la facultad de económicas, en el que asistí a algunas clases e hice los exámenes con el convencimiento de que los milagros no existen.
Después tuve la fortuna de trabajar como fotógrafo en una productora publicitaria, por lo que pude desarrollar una de mis vocaciones durante doce años, hasta que la literatura se cruzó en mi camino, aunque sería más correcto decir que empecé a prestar atención a las ideas que rondaban por mi mente, y decidí escribirlas en papel como una forma de terapia. Por entonces pensé que a lo sumo podría llegar a escribir algún guión de cine.
Ya han pasado quince años desde que escribí los primeros folios, y supongo que he trabajado a buen ritmo porque ya he terminado nueve novelas, una veintena de obras de teatro, un libro de cuentos y algunos guiones de cine inéditos. En total unas seis mil páginas, cuando durante treinta años fui incapaz de completar un folio
Supongo que tras estos años de dura práctica he aprendido algo sobre el manejo del lenguaje y la técnica narrativa, pero el fin principal que me guía sigue siendo la necesidad de sacar las historias que guardo en mi interior, y al contrario de lo que pensaba, la mente no alberga un número limitado, sino que se trata de un terreno fértil que da su cosecha cuando se siembra. A veces me pregunto cómo se sentirán esos escritores vocacionales que conocen todos los trucos del oficio cuando carezcan de historias que contar.
Sé que hay mucha gente que comienza a escribir desde que es muy joven y que muy pronto desarrollan la vocación literaria. Algunos de ellos tienen la posibilidad de cultivarla al tiempo que continúan aprendiendo y llegan a desarrollar una carrera profesional. Estos escritores suelen caracterizarse por un buen conocimiento del lenguaje, por conseguir una técnica narrativa depurada, por realizar una labor de documentación muy amplia y por elaborar un plano preciso de la historia antes de escribir el texto definitivo.
Siento decir que yo no soy uno de esos escritores. Durante mi infancia y juventud prefería jugar al baloncesto, me atraía el periodismo deportivo, empecé a practicar la fotografía y me fascinaba el ajedrez. También me gustaba leer, pero en ningún momento me cuestioné la posibilidad de escribir un texto. De hecho, sentía cierta fobia por la lengua y la literatura y nunca aprendí a hacer un comentario de texto. Con estos antecedentes, me decanté por ciencias, aunque mi experiencia universitaria se limitó a matricularme durante un curso en la facultad de económicas, en el que asistí a algunas clases e hice los exámenes con el convencimiento de que los milagros no existen.
Después tuve la fortuna de trabajar como fotógrafo en una productora publicitaria, por lo que pude desarrollar una de mis vocaciones durante doce años, hasta que la literatura se cruzó en mi camino, aunque sería más correcto decir que empecé a prestar atención a las ideas que rondaban por mi mente, y decidí escribirlas en papel como una forma de terapia. Por entonces pensé que a lo sumo podría llegar a escribir algún guión de cine.
Ya han pasado quince años desde que escribí los primeros folios, y supongo que he trabajado a buen ritmo porque ya he terminado nueve novelas, una veintena de obras de teatro, un libro de cuentos y algunos guiones de cine inéditos. En total unas seis mil páginas, cuando durante treinta años fui incapaz de completar un folio
Supongo que tras estos años de dura práctica he aprendido algo sobre el manejo del lenguaje y la técnica narrativa, pero el fin principal que me guía sigue siendo la necesidad de sacar las historias que guardo en mi interior, y al contrario de lo que pensaba, la mente no alberga un número limitado, sino que se trata de un terreno fértil que da su cosecha cuando se siembra. A veces me pregunto cómo se sentirán esos escritores vocacionales que conocen todos los trucos del oficio cuando carezcan de historias que contar.
martes, 7 de octubre de 2008
La caída del muro de Wall Street
Hace diecinueve años cayó el muro de Berlín y el mundo comenzó a cambiar porque no solo suponía el fin del comunismo como régimen político y económico, con contadas excepciones como China, Cuba o Corea del Norte. Muchos creyeron que la victoria del capitalismo supondría el progreso para los estados y sus súbditos. Entonces comenzó el proceso que se conoce como globalización, basado en que el poder económico de las multinacionales y grupos de inversión está por encima de los gobiernos. Todo se regía por la oferta y la demanda y se gestionaba desde Wall Street y otros centros bursátiles, donde los dueños del dinero campaban a sus anchas sin ningún control hasta el punto de trasformar la mal denominada economía de mercado en algo muy parecido al terrorismo económico.
Estos inversores anónimos cuentan con tal fuerza e impunidad que pueden encarecer los productos de primera necesidad a tal nivel que son capaces de decidir el futuro de cientos de miles de trabajadores forzando las quiebras de sus empresas, provocar hambrunas en medio mundo o causar una crisis energética de incalculables dimensiones. Con su dominio de la economía mundial, tienen capacidad para provocar guerras o golpes de estado donde les sea más rentable. Y todo ello sin que existan mecanismos de control de todo ese dinero y hasta se ignore si su procedencia es legal.
Para llegar a esta situación de caos, esos especuladores han contado con la complicidad en los últimos años del gobernante más mediocre e infame que ha conocido la humanidad desde los tiempos de Hitler o Stalin, y del que no merece la pena citar el nombre porque todos lo saben.
Con la debacle que está viviendo Wall Street y todo el sistema capitalista, creo que no es el momento de ser derrotista porque estamos ante un situación histórica en la que los gobiernos de todo el mundo tienen la oportunidad de poner fin a esa opresión, y no creo que la solución consista, tal y como ya se está haciendo, en quitar el dinero a los pobres para dárselo a los ricos y que puedan seguir jugando en la bolsa como si estuvieran en un casino de Las Vegas.
Yo no soy economista, pero creo que estamos ante la ocasión de crear un sistema económico más humano. En una genuina economía de mercado, el comprador y el vendedor se encuentran y saben de lo que están negociando, los empresarios conocen lo que producen y el medio de estimular a sus empleados para que contribuyan al crecimiento de las empresas, y los gobiernos tienen medios de control y autoridad para evitar que se produzcan desmanes como la burbuja inmobiliaria, la falta de confianza en los bancos o el encarecimiento forzado de las materias primas con fin especulador.
Estoy convencido de que hay economistas que conocen los medios para poner fin al caos generado por aquello que se llamó globalización, y que hoy se podría denominar como la dictadura de los inversores, pero es necesario que antes los gobernantes tengan el coraje de enfrentarse a los terroristas de la economía mundial, y me temo que por ahora se trata de una guerra perdida.
Quede claro que esta opinión es de alguien profano en la materia y al que nunca se le ocurría meter sus escasos ahorros en bolsa porque me gusta acudir a los mercadillos para comprar, pero me aterran las sociedades anónimas.
Estos inversores anónimos cuentan con tal fuerza e impunidad que pueden encarecer los productos de primera necesidad a tal nivel que son capaces de decidir el futuro de cientos de miles de trabajadores forzando las quiebras de sus empresas, provocar hambrunas en medio mundo o causar una crisis energética de incalculables dimensiones. Con su dominio de la economía mundial, tienen capacidad para provocar guerras o golpes de estado donde les sea más rentable. Y todo ello sin que existan mecanismos de control de todo ese dinero y hasta se ignore si su procedencia es legal.
Para llegar a esta situación de caos, esos especuladores han contado con la complicidad en los últimos años del gobernante más mediocre e infame que ha conocido la humanidad desde los tiempos de Hitler o Stalin, y del que no merece la pena citar el nombre porque todos lo saben.
Con la debacle que está viviendo Wall Street y todo el sistema capitalista, creo que no es el momento de ser derrotista porque estamos ante un situación histórica en la que los gobiernos de todo el mundo tienen la oportunidad de poner fin a esa opresión, y no creo que la solución consista, tal y como ya se está haciendo, en quitar el dinero a los pobres para dárselo a los ricos y que puedan seguir jugando en la bolsa como si estuvieran en un casino de Las Vegas.
Yo no soy economista, pero creo que estamos ante la ocasión de crear un sistema económico más humano. En una genuina economía de mercado, el comprador y el vendedor se encuentran y saben de lo que están negociando, los empresarios conocen lo que producen y el medio de estimular a sus empleados para que contribuyan al crecimiento de las empresas, y los gobiernos tienen medios de control y autoridad para evitar que se produzcan desmanes como la burbuja inmobiliaria, la falta de confianza en los bancos o el encarecimiento forzado de las materias primas con fin especulador.
Estoy convencido de que hay economistas que conocen los medios para poner fin al caos generado por aquello que se llamó globalización, y que hoy se podría denominar como la dictadura de los inversores, pero es necesario que antes los gobernantes tengan el coraje de enfrentarse a los terroristas de la economía mundial, y me temo que por ahora se trata de una guerra perdida.
Quede claro que esta opinión es de alguien profano en la materia y al que nunca se le ocurría meter sus escasos ahorros en bolsa porque me gusta acudir a los mercadillos para comprar, pero me aterran las sociedades anónimas.
domingo, 5 de octubre de 2008
Autoedición
En bastantes blogs y páginas literarias se habla mucho de autoedición y coedición como las alternativas que tienen los escritores cuando su obra no encuentra el respaldo de las editoriales o no es reconocida con algún premio literario. Habitualmente se habla de ellas como un mal menor, como el último recurso al que acudir para que un texto no quede condenado al olvido.
Puedo hablar de ellas con conocimiento de causa, sobre todo de la autoedición porque de la coedición no me fío. Creo en la mayoría de los casos se juega con la ilusión del escritor haciéndole creer que su obra va a llegar lejos cuando el negocio de estas empresas consiste en captar a los escritores y en publicar los libros a un precio muy superior al real, mientras la distribución se queda en algo residual como es la aparición en alguna web.
Muchos entienden que la autoedición supone la derrota del escritor porque reconoce que no ha sabido encontrar su lugar dentro del mercado literario. Yo pienso lo contrario, y creo que es un camino muy válido para afianzarse como escritor, siempre y cuando se tenga claro que eso no supone el fin de una obra y que sólo se distribuirá entre unos pocos amigos que la comprarán por hacer un favor mientras el resto de los ejemplares permanecerán guardados en cajas en un desván o bajo la cama.
Yo llevo seis libros autoeditados con mi sello Baobab Ediciones, y si cuando edité el primero lo viví como una derrota, con el paso del tiempo me di cuenta de que era necesario hacer algo más. Si confiaba en mi capacidad como escritor e invertía infinidad de horas en ello, debía hacerme responsable de mi obra hasta sus últimas consecuencias y buscarme los medios para hacerla llegar a los lectores como un libro que no tuviera nada que envidiar a cualquiera que haya en el mercado, por muy promocionado que sea.
El fin principal de todo escritor es vivir de su obra y consagrar todo su tiempo a la creación literaria, eligiendo los temas que escribe, el formato y el tiempo que necesita para completar su trabajo antes de publicarlo. Creo que la búsqueda del reconocimiento es algo secundario que llegará si se hace bien el trabajo, y los que escriben pensando en la fama y en grandes ventas casi siempre acabarán estrellados.
Cuando comprendí que mi carrera como escritor no debía encomendarla al azar de que alguna editorial o agente literario confiaran en mi obra, me puse manos a la obra y decidí que debía empezar por contar con un lugar donde pudiera vender mis libros. Hace más de tres años que abrí mi tienda frente al Corral de Comedias de Almagro, una librería consagrada a un solo autor, que al mismo tiempo se convertía en el estudio donde debía seguir escribiendo. Reconozco que al principio tenía muchas dudas y temía que la aventura terminara pronto si los lectores no se interesaban por ese escritor desconocido cuyos libros no se vendían en otras librerías.
Con el paso del tiempo, reconozco que es la mejor decisión que he tomado en mi vida. El encuentro con los lectores ha sido muy alentador y ya cuento con muchos que coleccionan todos mis libros y se interesan por saber cuándo voy a publicar algo nuevo. No he vuelto a mandar un manuscrito a una editorial ni he buscado agente literario, aunque no he renunciado a participar en algunos de los pocos concursos literarios que están limpios, y no me puedo quejar. Lo que he ganado en los premios lo he reinvertido en mi propia empresa, y ya son seis los libros que tengo autoeditados y que vendo en mi tienda junto a aquellos que me han premiado o que he editado por otras vías. Incluso escribo mejor cuando estoy en la tienda que cuando me encuentro en casa porque cuento con una vista privilegiada de la plaza de Almagro.
Puedo decir que ahora vivo de lo que escribo, dispongo de todo el tiempo que necesito para crear, conservo los derechos de todas mis obras de cara a futuras ediciones y publico cuando considero que una obra está lista para ser entregada a los lectores. Durante este tiempo ni un solo lector me ha reprochado por la calidad de mis libros, mientras muchos regresan o me escriben para alentarme a seguir con mi labor. Ellos se han convertido en los auténticos distribuidores de mi obra. No tengo fama y ando justo de dinero, pero puede que sea un privilegiado dentro de un panorama literario muy crispado donde los autores están sometidos a la dictadura de la literatura de mercado que imponen las editoriales más poderosas. Incluso bastantes escritores se han puesto en contacto conmigo para que yo les publique en mi editorial. Es algo que ahora no descarto porque cuento con la imprenta y con un gran diseñador gráfico, pero es necesario que el escritor se comprometa con su obra como yo lo hago con la mía.
Puedo hablar de ellas con conocimiento de causa, sobre todo de la autoedición porque de la coedición no me fío. Creo en la mayoría de los casos se juega con la ilusión del escritor haciéndole creer que su obra va a llegar lejos cuando el negocio de estas empresas consiste en captar a los escritores y en publicar los libros a un precio muy superior al real, mientras la distribución se queda en algo residual como es la aparición en alguna web.
Muchos entienden que la autoedición supone la derrota del escritor porque reconoce que no ha sabido encontrar su lugar dentro del mercado literario. Yo pienso lo contrario, y creo que es un camino muy válido para afianzarse como escritor, siempre y cuando se tenga claro que eso no supone el fin de una obra y que sólo se distribuirá entre unos pocos amigos que la comprarán por hacer un favor mientras el resto de los ejemplares permanecerán guardados en cajas en un desván o bajo la cama.
Yo llevo seis libros autoeditados con mi sello Baobab Ediciones, y si cuando edité el primero lo viví como una derrota, con el paso del tiempo me di cuenta de que era necesario hacer algo más. Si confiaba en mi capacidad como escritor e invertía infinidad de horas en ello, debía hacerme responsable de mi obra hasta sus últimas consecuencias y buscarme los medios para hacerla llegar a los lectores como un libro que no tuviera nada que envidiar a cualquiera que haya en el mercado, por muy promocionado que sea.
El fin principal de todo escritor es vivir de su obra y consagrar todo su tiempo a la creación literaria, eligiendo los temas que escribe, el formato y el tiempo que necesita para completar su trabajo antes de publicarlo. Creo que la búsqueda del reconocimiento es algo secundario que llegará si se hace bien el trabajo, y los que escriben pensando en la fama y en grandes ventas casi siempre acabarán estrellados.
Cuando comprendí que mi carrera como escritor no debía encomendarla al azar de que alguna editorial o agente literario confiaran en mi obra, me puse manos a la obra y decidí que debía empezar por contar con un lugar donde pudiera vender mis libros. Hace más de tres años que abrí mi tienda frente al Corral de Comedias de Almagro, una librería consagrada a un solo autor, que al mismo tiempo se convertía en el estudio donde debía seguir escribiendo. Reconozco que al principio tenía muchas dudas y temía que la aventura terminara pronto si los lectores no se interesaban por ese escritor desconocido cuyos libros no se vendían en otras librerías.
Con el paso del tiempo, reconozco que es la mejor decisión que he tomado en mi vida. El encuentro con los lectores ha sido muy alentador y ya cuento con muchos que coleccionan todos mis libros y se interesan por saber cuándo voy a publicar algo nuevo. No he vuelto a mandar un manuscrito a una editorial ni he buscado agente literario, aunque no he renunciado a participar en algunos de los pocos concursos literarios que están limpios, y no me puedo quejar. Lo que he ganado en los premios lo he reinvertido en mi propia empresa, y ya son seis los libros que tengo autoeditados y que vendo en mi tienda junto a aquellos que me han premiado o que he editado por otras vías. Incluso escribo mejor cuando estoy en la tienda que cuando me encuentro en casa porque cuento con una vista privilegiada de la plaza de Almagro.
Puedo decir que ahora vivo de lo que escribo, dispongo de todo el tiempo que necesito para crear, conservo los derechos de todas mis obras de cara a futuras ediciones y publico cuando considero que una obra está lista para ser entregada a los lectores. Durante este tiempo ni un solo lector me ha reprochado por la calidad de mis libros, mientras muchos regresan o me escriben para alentarme a seguir con mi labor. Ellos se han convertido en los auténticos distribuidores de mi obra. No tengo fama y ando justo de dinero, pero puede que sea un privilegiado dentro de un panorama literario muy crispado donde los autores están sometidos a la dictadura de la literatura de mercado que imponen las editoriales más poderosas. Incluso bastantes escritores se han puesto en contacto conmigo para que yo les publique en mi editorial. Es algo que ahora no descarto porque cuento con la imprenta y con un gran diseñador gráfico, pero es necesario que el escritor se comprometa con su obra como yo lo hago con la mía.
jueves, 18 de septiembre de 2008
Premio Café Gijón de Novela
Hoy se ha fallado el premio Café Gijón de Novela 2008. No es uno de los premios punteros del panorama literario, pero goza de cierto prestigio porque hasta ahora no desprendía el tufo de otros premios de más relumbre, o al menos yo no lo había percibido. Al igual que más de quinientos escritores, en esta edición he participado con una novela, y no puedo decir que fuera merecedora del galardón porque la envíe de forma precipitada, se me acababa el plazo y no tuve tiempo de dejarla como quería. Después de tres revisiones, en las que he corregido errores, he añadido algunos episodios y he eliminado aquellos párrafos que pudieran resultar repetitivos, la he dado por acabada y la he enviado a otros premios que considero serios.
Quiero pensar que la novela ganadora tiene los suficientes méritos para haber ganado el premio, pero tengo infinitas dudas sobre que haya participado en las mismas condiciones que el resto. Es cierto que el jurado ha estado compuesto por prestigiosos escritores, pero también es cierto que los miembros del jurado no suelen leer más de cuatro o cinco novelas, las que les remite el comité de lectura, y que no siempre tienen por qué ser las mejores.
Desde hace algunas ediciones, la novela ganadora es editada por Siruela, y se supone que en entre los lectores que hacen la selección habrá gente de la propia editorial. Casualmente, la escritora mejicana que lo acaba de ganar ya tiene cuatro novelas publicadas por Siruela. Alguien podría decir que soy un malpensado y que puede tratarse de una simple casualidad. Al fin y al cabo había una posibilidad entre más de quinientas a que el ganador tuviera cuatro libros publicados por la editorial convocante, y que, casualmente, también saldrán beneficiados de la promoción que se le dé a la novela ganadora.
Puede que todo sea cuestión de azar, pero lo primero que se aprende cuando uno se acerca al mundo editorial es a ser un malpensado porque casi siempre se acierta. Supongo que borraré el Premio Café Gijón de la lista de los premios donde se juzga la obra antes de abrir la plica. Cada vez quedan menos, pero hay que seguir intentándolo porque de tarde en tarde llega la recompensa, al menos yo he tenido la fortuna de recibirla más de una vez.
Quiero pensar que la novela ganadora tiene los suficientes méritos para haber ganado el premio, pero tengo infinitas dudas sobre que haya participado en las mismas condiciones que el resto. Es cierto que el jurado ha estado compuesto por prestigiosos escritores, pero también es cierto que los miembros del jurado no suelen leer más de cuatro o cinco novelas, las que les remite el comité de lectura, y que no siempre tienen por qué ser las mejores.
Desde hace algunas ediciones, la novela ganadora es editada por Siruela, y se supone que en entre los lectores que hacen la selección habrá gente de la propia editorial. Casualmente, la escritora mejicana que lo acaba de ganar ya tiene cuatro novelas publicadas por Siruela. Alguien podría decir que soy un malpensado y que puede tratarse de una simple casualidad. Al fin y al cabo había una posibilidad entre más de quinientas a que el ganador tuviera cuatro libros publicados por la editorial convocante, y que, casualmente, también saldrán beneficiados de la promoción que se le dé a la novela ganadora.
Puede que todo sea cuestión de azar, pero lo primero que se aprende cuando uno se acerca al mundo editorial es a ser un malpensado porque casi siempre se acierta. Supongo que borraré el Premio Café Gijón de la lista de los premios donde se juzga la obra antes de abrir la plica. Cada vez quedan menos, pero hay que seguir intentándolo porque de tarde en tarde llega la recompensa, al menos yo he tenido la fortuna de recibirla más de una vez.
sábado, 23 de agosto de 2008
El narrador en la novela
Cuando tengo una idea para escribir una novela, una de las primeras preguntas que me hago: ¿Quién es el que la va a narrar? Creo que es algo esencial para el desarrollo de la historia. En cierto modo, se puede decir que todas las novelas tienen narradores omniscientes porque el autor sabe todo lo que va a ocurrir en ellas y ha creado a cada uno de sus personajes, pero la manera como se trasmita la información al lector es tan importante como la propia historia. Según quien sea el narrador, la novela puede tomar caminos muy diferentes y en ocasiones se puede malograr si no damos con la voz adecuada. De hecho, en alguna de mis novelas he tenido que cambiar de narrador porque la historia no fluía como deseaba. Mis propias novelas sirven como ejemplo de diferentes tipos de narradores.
En la primera de ellas, La futura memoria, partí de un guión de cine previo sobre la amistad de dos funcionarios jubilados y opté por el narrador omnisciente. En Y el pirata creó el mar, el narrador no se considera el auténtico protagonista de la historia porque considera que él se sumó a la aventura que comenzó Francisco Jadraque, aunque a medida que avanza la historia, y por el compromiso que adquiere en la aventura, la importancia del narrador se equipara a la del protagonista. Con 4 hilos para un epitafio, hice varias pruebas que no funcionaban hasta que decidí que las cuatro mujeres protagonistas se convirtieran en las narradoras de la historia desde un mismo punto de partida: la llegada de un creador de marionetas a la plaza de Almagro. Al principio tenía miedo porque pensaba que el ritmo de la historia decaería al repetirse ciertos acontecimientos que eran decisivos para las cuatro, pero luego comprendí que no había otra manera de hacerlo, y la respuesta de los lectores me lo ha confirmado. En el caso de Papel carbón, opté porque el protagonista, un barrendero reconvertido en detective, sea el que cuente su historia, aunque dentro de la novela aparecen las propias fantasías del protagonista narradas en tercera persona, como si se trataran de folletines de novela policiaca que sirven de preámbulo para cada capítulo. Para escribir Lágrimas de Yaiza, tuve que recurrir al narrador omnisciente porque era la única manera de contar la historia y el viaje de dos mujeres muy diferentes manteniendo las dos el mismo protagonismo. Con la narración en paralelo la novela quedaba descompensada. En Qal’at rabah, tenía que contar dos historias que están separadas por cuatro siglos y que tienden a confluir. Para la actual recurrí al narrador omnisciente, pero para la historia de Diego de Calatrava, opté por narrarla en primera persona, a pesar de que se trate de la reescritura que hace Eva de un manuscrito encontrado. En la última novela que he publicado, Olvido 27, el narrador es un objeto. Un pequeño edificio cuenta desde un punto de vista muy particular la historia de los vecinos que lo han habitado desde que fue construido en 1974. Para finalizar, en la novela que he terminado hace poco, y de la que no digo el título al estar participado en algún concurso literario, me ocurrió algo muy curioso. Había optado por una fórmula similar a la de Y el pirata…, y la novela avanzaba con fluidez, pero una noche mientras estaba en la cama escuché la voz de una de las protagonistas que me pedía que la dejara hablar. Le hice caso y tuve que dejar expresarse a dos personajes más. Ahora creo que la novela ha mejorado con esas intervenciones puntuales que cuentan aquello que no podía poner en boca del narrador.
Con todo esto sólo pretendo decir que cada novela debe encontrar la voz o voces que mejor expresen aquello que el autor quiere contar, y no hay una fórmula que funcione mejor que otras.
En la primera de ellas, La futura memoria, partí de un guión de cine previo sobre la amistad de dos funcionarios jubilados y opté por el narrador omnisciente. En Y el pirata creó el mar, el narrador no se considera el auténtico protagonista de la historia porque considera que él se sumó a la aventura que comenzó Francisco Jadraque, aunque a medida que avanza la historia, y por el compromiso que adquiere en la aventura, la importancia del narrador se equipara a la del protagonista. Con 4 hilos para un epitafio, hice varias pruebas que no funcionaban hasta que decidí que las cuatro mujeres protagonistas se convirtieran en las narradoras de la historia desde un mismo punto de partida: la llegada de un creador de marionetas a la plaza de Almagro. Al principio tenía miedo porque pensaba que el ritmo de la historia decaería al repetirse ciertos acontecimientos que eran decisivos para las cuatro, pero luego comprendí que no había otra manera de hacerlo, y la respuesta de los lectores me lo ha confirmado. En el caso de Papel carbón, opté porque el protagonista, un barrendero reconvertido en detective, sea el que cuente su historia, aunque dentro de la novela aparecen las propias fantasías del protagonista narradas en tercera persona, como si se trataran de folletines de novela policiaca que sirven de preámbulo para cada capítulo. Para escribir Lágrimas de Yaiza, tuve que recurrir al narrador omnisciente porque era la única manera de contar la historia y el viaje de dos mujeres muy diferentes manteniendo las dos el mismo protagonismo. Con la narración en paralelo la novela quedaba descompensada. En Qal’at rabah, tenía que contar dos historias que están separadas por cuatro siglos y que tienden a confluir. Para la actual recurrí al narrador omnisciente, pero para la historia de Diego de Calatrava, opté por narrarla en primera persona, a pesar de que se trate de la reescritura que hace Eva de un manuscrito encontrado. En la última novela que he publicado, Olvido 27, el narrador es un objeto. Un pequeño edificio cuenta desde un punto de vista muy particular la historia de los vecinos que lo han habitado desde que fue construido en 1974. Para finalizar, en la novela que he terminado hace poco, y de la que no digo el título al estar participado en algún concurso literario, me ocurrió algo muy curioso. Había optado por una fórmula similar a la de Y el pirata…, y la novela avanzaba con fluidez, pero una noche mientras estaba en la cama escuché la voz de una de las protagonistas que me pedía que la dejara hablar. Le hice caso y tuve que dejar expresarse a dos personajes más. Ahora creo que la novela ha mejorado con esas intervenciones puntuales que cuentan aquello que no podía poner en boca del narrador.
Con todo esto sólo pretendo decir que cada novela debe encontrar la voz o voces que mejor expresen aquello que el autor quiere contar, y no hay una fórmula que funcione mejor que otras.
miércoles, 6 de agosto de 2008
El cementerio de la historias truncadas
Supongo que todos los escritores tenemos un desván en el que acaban las historias que no somos capaces de sacar adelante y que nos negamos a condenar para siempre al olvido porque confiamos en que aparezca una nueva oportunidad. Yo no puedo hablar de un desván, un armario, ni tan siquiera de un baúl. Al menos eso tendría algo de melancólico, en mi caso tengo que hablar de algo tan volátil y poco tangible como los archivos de ordenador que reúno en una carpeta con el nombre de proyectos. A los escritores se les reconoce por las obras que han publicado, pero por cada libro que ve la luz, hay muchos proyectos que se han quedado aparcados. Ideas que parecían muy buenas en su momento, pero que no han sido capaces de llevar hasta el final por circunstancias que sólo el propio autor sabe.
En mi caso, los proyectos inacabados superan a los que he sido capaz de culminar, aunque la mayoría se han quedado en simples esbozos de dos o tres páginas. No en todos los casos puedo hablar de que me haya quedado bloqueado, a veces ha aparecido otra historia en el camino que me ha exigido dedicación completa, y cuando la acabé y trataba de recuperar el proyecto previo, no encontraba la motivación necesaria para seguir escribiendo. La mente es caprichosa y no siempre está dispuesta a seguir el camino que se le indica. Por otra parte, pienso que cada historia se corresponde con un momento de mi vida, y si la dejo aparcada para retomarla más adelante, las condiciones habrán cambiado. Quizás por eso soy tan reticente a escribir una segunda parte sobre alguna de mis novelas. No quiero que una historia con la que he disfrutado se pueda convertir en una molesta obligación que me lleve a odiar a los personajes que tanto me dieron.
También se ha dado el caso de historias que comencé de una manera y han terminado de otra muy diferente, como cuentos que se convirtieron en obras de teatro, o guiones en novela. En mi caso, sólo ha habido una historia que ha pasado varias veces por el cementerio de las historias truncadas y he sido capaz de rescatarla hasta conseguir acabar la novela. Durante ocho años he mantenido una relación con Olvido 27 que ha ido del amor al odio, pasando por el desinterés, la infidelidad o el chantaje, pero al final y como si se tratara de un matrimonio, llegamos juntos hasta el fin, lo que en el caso de un autor y su obra se podría decir: hasta que la publicación nos separe.
A veces me pregunto qué es lo que determina que unas ideas se conviertan en obras literarias mientras otras marchan hacia el desván de las historias truncadas. Supongo que se podría pensar en la calidad, en el destino o en algo parecido al azar. No lo sé, aunque confío en que los personajes sigan siendo generosos y me cuenten bellas historias a las que pueda dar formato de novela, teatro o cuento.
En mi caso, los proyectos inacabados superan a los que he sido capaz de culminar, aunque la mayoría se han quedado en simples esbozos de dos o tres páginas. No en todos los casos puedo hablar de que me haya quedado bloqueado, a veces ha aparecido otra historia en el camino que me ha exigido dedicación completa, y cuando la acabé y trataba de recuperar el proyecto previo, no encontraba la motivación necesaria para seguir escribiendo. La mente es caprichosa y no siempre está dispuesta a seguir el camino que se le indica. Por otra parte, pienso que cada historia se corresponde con un momento de mi vida, y si la dejo aparcada para retomarla más adelante, las condiciones habrán cambiado. Quizás por eso soy tan reticente a escribir una segunda parte sobre alguna de mis novelas. No quiero que una historia con la que he disfrutado se pueda convertir en una molesta obligación que me lleve a odiar a los personajes que tanto me dieron.
También se ha dado el caso de historias que comencé de una manera y han terminado de otra muy diferente, como cuentos que se convirtieron en obras de teatro, o guiones en novela. En mi caso, sólo ha habido una historia que ha pasado varias veces por el cementerio de las historias truncadas y he sido capaz de rescatarla hasta conseguir acabar la novela. Durante ocho años he mantenido una relación con Olvido 27 que ha ido del amor al odio, pasando por el desinterés, la infidelidad o el chantaje, pero al final y como si se tratara de un matrimonio, llegamos juntos hasta el fin, lo que en el caso de un autor y su obra se podría decir: hasta que la publicación nos separe.
A veces me pregunto qué es lo que determina que unas ideas se conviertan en obras literarias mientras otras marchan hacia el desván de las historias truncadas. Supongo que se podría pensar en la calidad, en el destino o en algo parecido al azar. No lo sé, aunque confío en que los personajes sigan siendo generosos y me cuenten bellas historias a las que pueda dar formato de novela, teatro o cuento.
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