lunes, 22 de diciembre de 2008

Cuento de Navidad

ESE HOMBRE

Era Nochebuena y un hombre caminaba despacio por las calles vacías de la ciudad. Llevaba la cabeza inclinada, el rostro contraído y la mirada perdida. Los villancicos ajenos se convertían en un siniestro eco que le dañaba los oídos. Escuchaba el descorche de las botellas y los brindis de las familias que se creían felices, pero nadie brindaba con él. Las lámparas que iluminaban cada casa no alcanzaban para sacarle de la penumbra. Nadie podría explicarse por qué marchaba solo en una noche de fiesta tan especial. ¿Acaso no tenía una familia con la que celebrar esa noche de paz?
Ese hombre no lloraba su soledad. Ese hombre no estaba desesperado ni quería quitarse la vida, tenía un destino importante que cumplir del que dependía la felicidad de toda la comunidad. No, él no era Santa Claus ni portaba regalos para los demás. Ese hombre era empleado de la compañía eléctrica y estaba de guardia para vigilar que no se cortara la luz en la ciudad. Ese hombre iba maldiciendo a su jefe y jurando ante Dios que no le volverían a pringar en Navidad.

domingo, 21 de diciembre de 2008

El viaje de los libros

Ya hace quince años que decidí convertirme en escritor; diez, de la publicación de mi primera novela; nueve, desde que gané el primero de los premios literarios; y casi cuatro, desde que abrí mi propia tienda para culminar el proceso de escritor, editor y vendedor.
Ha sido un largo y, en ocasiones, tempestuoso viaje por la carencia de medios y por las dudas sobre mi valía, aunque ahora tengo la impresión de que apenas si he dado unos pocos pasos de largo camino que me queda por recorrer. Unos cuatro mil libros han salido de mi tienda para emprender cada uno de ellos su particular aventura. Algunos habrán pasado por muchas manos, mientras otros permanecerán durante años en una estantería sin que nadie repare en ellos. Me consta que entre todos han viajado mucho más que yo. Sé que aparte de toda España, han llegado hasta países como Francia, Inglaterra, Suiza, República Checa, Italia, Portugal, Rusia, Argentina, Uruguay, Chile, Colombia, Venezuela, Cuba, México, Estados Unidos, Japón y Sudáfrica. Es grato saber que los frutos de mi fantasía han llegado tan lejos, aunque sea a pequeña escala.
Sé que bastantes escritores venden muchos más ejemplares en pocas horas y que sus libros se encuentran en casi todas las ciudades del mundo. Se puede decir que me separa de ellos una distancia abismal, y así se puede entender si se comparan los ingresos o la fama; pero el oficio de escritor es el mismo y contamos con una única herramienta: la palabra. Y cuando un lector me dice que «Y el pirata creó el mar» le ha gustado más que «Los pilares de la tierra»; que «Lágrimas de Yaiza» está entre los tres libros más importantes de su vida; o que al leer «Qal’at rabah» han tenido el deseo de recorrer el Campo de Calatrava para recrear el viaje hecho por los cómicos del siglo XVII, sé que merece la pena lo andado y contemplo con menos miedo las historias en que estoy trabajando y aquellas otras que todavía no he sido capaz de imaginar.

jueves, 18 de diciembre de 2008

Librerías

Es bastante frecuente que los lectores me pregunten por qué mis libros no se venden en librerías. Yo suelo responder que los llevaré cuando puedan estar en la mismas condiciones que los publicados por las granes editoriales. Tener mi obra en una librería no es difícil, basta con dejar ejemplares en depósito y esperar a que alguien se fije en algún ejemplar que esté rodeado de miles de libros y colocado en un estante casi inaccesible. La inversión que tendría que hacer para llevar mi obra a muchas librerías donde no me conocen no me compensa. Hace tiempo decidí que mi proceso de distribución sería diferente y confiaba en que las librerías aparecieran si hacía bien mi trabajo y mi número de lectores crecía.
Han tenido que pasar varios años y contar con casi cuatro mil volúmenes vendidos para que una librería considere que mis novelas deben compartir espacio con los que más se promocionan, y lo que es más importante, los responsables de la librería conocen a fondo mi obra y a quien pueden recomendarla. Se trata de la librería Birdy en Ciudad Real, donde mis lectores, al igual que cuando me los compran directamente, también se pueden llevar los libros dedicados.
Puede que sólo sea un pequeño progreso, pero hace tiempo comprendí que avanzar despacio y asegurando cada paso que dé es el mejor camino para no dejarme avasallar en este mercado tan cruel donde muchos se han estrellado tras unos comienzos vertiginosos. Es posible que con el tiempo aparezcan otros libreros, agentes literarios o editores que confíen en mi obra, pero yo no puedo esperarlos cruzado de brazos, y tampoco sirvo para mendigar una oportunidad. Prefiero seguir trabajando en aquello que amo y ganarme a los lectores uno a uno.

martes, 16 de diciembre de 2008

Cerrar una novela

Cuando comienzo a escribir una novela, y supero el proceso de provisionalidad que me impone toda historia, establezco una relación muy estrecha con los personajes y hasta me sitúo en el ambiente donde se desarrolla. Durante bastantes meses mi vida va a girar en torno a esa historia y me gusta sentirme liberado de otros compromisos cuando escribo. A veces soy el primer sorprendido por lo que ocurre cuando la novela da giros que no había previsto al principio, y el propio desarrollo de los acontecimientos me obliga a tomar decisiones sobre los personajes. Reconozco que me gusta esta sensación de provisionalidad a la hora de escribir, aunque a veces tengo la sensación de que estoy cabalgando en un caballo salvaje que no soy capaz de domar, y eso puede suponer que me dé un batacazo, o que me pierda y no sepa encontrar el camino correcto.
Cuando percibo que el final de la novela está cerca, la sensación cambia y surge la pereza, como si tuviera miedo de acabar y me fuera a quedar sin historias que contar. Pero llega un día en el que hay que terminar. Eso no supone que la novela esté cerrada, sino que comienza el periodo de revisiones, y por tanto de dudas, lo que supone la antesala del pánico. En ese proceso hago numerosos cambios porque creo que todo lo he hecho mal. Cada cambio que hago me obliga a hacerme nuevas preguntas porque cada alteración conlleva daños colaterales en otra parte de la historia, lo que me obliga a hacer nuevas correcciones para ajustar las incoherencias. Después comienzo otra nueva revisión en la que espero detenerme en los errores gramaticales y en detalles de menos importancia, pero es inevitable que aparezcan nuevas situaciones que considere dignas de ser incluidas porque aportan detalles significativos acerca de los personajes. Raramente doy una historia por cerrada antes de una quinta revisión, y en ocasiones lo hago más por agotamiento que por la certeza de que todo esté bien. Entonces llega el momento de entregarla a alguien que la examine con una mirada diferente y con notables conocimientos gramaticales. Por fortuna cuento con la persona indicada que me corrige los errores y me ofrece soluciones para mejorar el estilo. De todo lo que ella me propone, me quedo con lo que considero que mejora mi trabajo, y en ocasiones me sirve para encontrar una tercera vía.
En teoría esta debería ser la última revisión, pero me gusta hacer una lectura rápida sin analizar el contenido del texto, solo las palabras escritas a la caza de los últimos errores. Entonces llega el momento de entregarla a la imprenta. Tengo que desprenderme definitivamente de ella porque de lo contario corro el riesgo de hacer infinitas revisiones, y porque mi mente ya está ocupada con otras historias. Nunca leo un libro que ya he publicado por miedo a encontrar errores. Prefiero pensar que cada novela se corresponde con un momento determinado de mi vida y que he puesto en ella todo lo que sabía. Su destino dependerá de la opinión de los lectores porque de nada valdrá que yo trate de defenderla.

viernes, 12 de diciembre de 2008

Gomorra

Acabó de terminar la novela de Roberto Saviano. Supongo que sería más correcto hablar de crónica periodística, aunque espero y deseo que no se trate de la crónica de una muerte anunciada.
Este libro no se puede analizar con criterios literarios porque habría que decir que en su estilo impera la urgencia del que tiene una pistola apuntándole a la cabeza, y no a la sien, sino a los ojos, para que la pueda ver cuando teclea las palabras en el ordenador. No sé en las condiciones que estaría su autor cuando la escribía ni el tiempo que le ha ocupado. Supongo que a menudo pensaría que nadie se atrevería a publicarla, y no sé si llegará a lamentar haberlo hecho porque su éxito he llegado acompañado de la propia condena, al tener que vivir lo que le resta de vida como aquellos a los que denuncia porque el sistema nunca olvida a sus traidores.
En tiempos donde la libertad de expresión en los medios de comunicación está condicionada por los consejos de administración, Saviano ha hecho una demostración de coraje al utilizar la palabra como bisturí para sacar a la luz los terribles tumores que causa la Camorra. Ha abierto los ojos a muchos que éramos ignorantes en el tema, y puede que obligue a girar la cabeza a aquellos que lo sabían y miraban para otro lado.
Creo que también manda un recado a los escritores y a los editores que solo piensan en la literatura de mercado, en aquella que da grandes beneficios en poco tiempo y que tiene el mismo fin que la mayoría de los videojuegos: mantener ocupados a los lectores para que no puedan pensar de una forma autónoma.
Aplaudo el valor de Saviano y su compromiso con la verdad y la palabra escrita. Aludiendo a la cita que hace de Papillón a final de su libro, pienso que la literatura es el grito que debe dar cada autor para sacar lo que tiene dentro antes de que le destruya. Roberto ha lanzado un grito desgarrador que le puede costar la vida, pero es alguien que ha hecho lo que tenía que hacer. Muy pocos podrán decir lo mismo, y no se encuentran en las listas de ventas.

viernes, 14 de noviembre de 2008

Escribir pensando en los lectores

En la última revista del Círculo de Lectores para promocionar los libros de Ken Follet se incluye una cita del propio autor: «Cuando me siento a escribir pienso en los lectores, en qué puede embrujarles». Si eso es cierto, supondría que el cerebro de este autor de best sellers funciona igual que el de los programadores de televisión, e imagino que contará con un equipo de gente encargado de estudiar las audiencias y los gustos de los lectores. Es posible que con los datos que obtengan se elaboren unas estadísticas para decidir el tema y las situaciones que se deben incluir en su siguiente novela, y cuando todos los ingredientes estén cuidadosamente preparados, el famoso autor pondrá su toque personal, como si fuera un eminente cocinero.
Supongo que esta es una manera de hacer literatura, como lo es de hacer cine, televisión o cualquier otro producto que se pueda fabricar en cadena. Yo no puedo funcionar de esa manera. Para mí cada lector es único y me parece una pérdida de tiempo dedicarme a estudiar lo que le puede gustar a cada uno. Tengo la fortuna de que al vender mis novelas directamente conozco a muchos de mis lectores. Cada uno de ellos es diferente y cada historia la perciben de una manera distinta a como yo la creé, incluso me han descubierto matices en mis textos que para mí pasaron desapercibos. A lo largo de estos años no he recibido dos opiniones que sean iguales, aunque, por fortuna, todos me han alentado para que siga escribiendo porque tengo un estilo de contar las historias que les interesa, a pesar de que algunas novelas les gusten menos que otras, y que para cada uno son diferentes.
Si yo pensara en lo que les puede gustar a los lectores, en pocos días dejaría de escribir, como muy bien cuenta Augusto Monterroso en su hermosa fábula: «El mono que quería ser escritor satírico». Cuando tengo una idea que puedo desarrollar en novela, me olvido completamente de los lectores. Lo único que me importa es encontrar una vía para desarrollar la historia donde pueda contar aquello que deseo. Escribir una novela puede suponer un año de trabajo como mínimo, y no deseo que ese año se convierta en una tortura si escribo algo en lo que no creo y con lo que no disfrto. Necesito reír, llorar y emocionarme cuando escribo. Si al terminar una novela he tenido esas sensaciones hasta el punto de que me dé pena desprenderme de ella, pienso que los lectores pueden sentir algo parecido, aunque no necesariamente cuando yo.
En definitiva, entiendo que escribir una novela es un ejercicio narcisista en el que me nutro de lo que observo a mi alrededor y lo convierto en algo propio, y sólo cuando le he puesto todo lo que llevo dentro empiezo a preguntarme si gustará a los lectores. Para entonces lo único que podré responder si alguien me dice que no le ha gustado será: No he sabido hacerlo mejor, y nunca pondré como excusa que he pretendido escribir algo que guste a la mayoría de los lectores.

sábado, 18 de octubre de 2008

Ética para Fernando Savater

La concesión del premio Planeta a Fernando Savater no ha sorprendido a nadie, como tampoco el nombre de la finalista. El titulo de las novelas poco importa, al fin y al cabo, quién recuerda el título de los libros que han ganado el Planeta. Se venderán muchos miles de ejemplares y se leerán bastantes menos. Se galardona al autor, con la condición de que sea muy conocido y salga regularmente en los medios de comunicación. Quien otorga un premio de seiscientos mil euros tiene que asegurarse unas ventas de seis millones para que el negocio sea rentable, y eso no sería posible con un escritor desconocido, aunque haya escrito una novela mejor que El Quijote o Cien años de soledad.
Al autor de Ética para Amador, además de otros libros filosóficos ampliamente difundidos, no se le puede culpar de haber ganado el Planeta, a lo sumo se le puede acusar de parecer ingenuo y creer que su obra ha sido elegida por un jurado que la ha considerado la mejor entre todas las participantes. Este premio no se gana, se negocia, y es posible que su agente ya se hubiera encargado de ello con la editorial antes de que estuviera acabado el manuscrito. El propio Savater lo admite implícitamente en unas declaraciones al decir que su anterior novela pasó desapercibida y no quería que eso le volviera a ocurrir. A muchos escritores nos ocurre lo mismo, aunque carecemos de los contactos de alguien que conoce a fondo el sentido de la palabra ética, y que en su diccionario debe significar: utilizar todos los recursos disponibles para alcanzar el objetivo.
De todas formas, al ser un galardón que entrega una entidad privada con ánimo de lucro, no se puede cuestionar el procedimiento seguido para la elección. La editorial le da el dinero a quien le apetece, aunque lo camufle tras un premio literario para obtener mayor publicidad y se rodea de un jurado de relumbrón que debe cobrar holgadamente por participar en un paripé.
Como escritor me molesta que se diga que esa novela ha ganado en un concurso donde participan más de quinientos manuscritos, y me duele que haya quinientos incautos que se gasten dinero en hacer fotocopias y enviar sus textos a una pantomima. Reconozco que yo lo hice una vez porque hace años pensaba que era como jugar a la lotería. Luego me di cuenta de que en la lotería están todos los números en el bombo, mientras en el Planeta sólo entran dos o tres. También hay que decir que esto ocurre en otros muchos premios, pero el admitir que existe la cosa nostra en el mundo literario no implica que haya que guardar la omerta.
Enhorabuena a Fernando Savater, espero que su próximo libro se titule: La ética del ganador. Mientras tanto, supongo que algún famoso ya se estará frotando los dedos esperando ganar la próxima edición, aunque es posible que la editorial tenga que dárselo a Ruiz Zafón en vista de que su último libro no ha vendido todos los ejemplares que esperaban y no pueden permitir que su gallina de los huevos de oro entre en declive.