viernes, 9 de enero de 2009
La mirada escrita
La mirada escrita es el nuevo blog que he creado para colgar algunas de mis fotos en la pared que supone Internet. Llevo cerca de treinta años haciendo fotos y casi nunca las hice con afán de mostrarlas porque sabía que no era un gran fotógrafo, aunque durante algún tiempo soñé con hacer fotos para National Geographic, pero acabé haciendo fotos publicitarias mucho menos interesantes. Cuando comencé a escribir, la fotografía pasó a ocupar un lugar diferente en mi vida, aunque nunca ha dejado de ser importante porque en varias de mis novelas está muy presente. Supongo que ahora miro a través de la cámara con menos afán de protagonismo y más interés en aprender, como si quisiera tomar nota de aquello que observo y que más adelante me puede ser útil para enriquecer lo que escribo. Alentado por aquellos que conocen mis fotos y que me piden copias, he decidido colgarlas en pequeñas dosis.Si alguien tiene curiosidad por echar un vistazo a algunas de mis fotos, esta es la dirección: lamiradaescrita.blogspot.com
jueves, 8 de enero de 2009
El Corral de Comedias


Supongo que en el siglo XVII era habitual hablar de los corrales de comedias porque estaban presentes en todas las ciudades y en la mayoría de los pueblos de cierta entidad, pero en la actualidad, cuando se menciona el corral de comedias, todo el mundo lo asocia a Almagro por ser el único que se conserva en pie. Desde hace doce años mi vida está muy relacionada con él, y raro es el día en que no paso, aunque solo sea el hecho de correr la cortina para a echar un vistazo a los corredores y al escenario, aparte de que constantemente veo la puerta a través de los cristales de mi tienda. Para los amantes del teatro es un templo laico en el que se rinde culto a los clásicos, y he visto cómo grandes actores y directores se han emocionado al pisar sus tablas. En el Corral, menos actuar y dirigir, creo que he hecho de todo: he iluminado; colocado escenografías; escrito textos que se han representado; puesto y quitado las sillas y el toldo infinidad de veces; he hecho miles de fotos; grabado videos, vendido entradas para las representaciones y he sido el encargado de la sala.
Después de pasar tanto tiempo entre sus muros, le tengo mucho cariño a este lugar muy frío y húmedo en invierno y tremendamente caluroso durante las representaciones que se realizan durante el festival en el mes de julio. De hecho, el Corral de Comedias está muy presente en dos de mis novelas «4 hilos para un epitafio» y « Qal’at rabah». Puede que esas novelas supongan mi homenaje a ese lugar que pronto va a cumplir cuatrocientos años y que se mantiene erguido y activo a pesar de que el teatro siempre está en crisis, pero no muerto, porque para que la gente disfrute solo es necesario un cómico que se suba a un escenario dispuesto a contar una historia, y conozco a unos cuantos que lo saben hacer muy bien.
Después de pasar tanto tiempo entre sus muros, le tengo mucho cariño a este lugar muy frío y húmedo en invierno y tremendamente caluroso durante las representaciones que se realizan durante el festival en el mes de julio. De hecho, el Corral de Comedias está muy presente en dos de mis novelas «4 hilos para un epitafio» y « Qal’at rabah». Puede que esas novelas supongan mi homenaje a ese lugar que pronto va a cumplir cuatrocientos años y que se mantiene erguido y activo a pesar de que el teatro siempre está en crisis, pero no muerto, porque para que la gente disfrute solo es necesario un cómico que se suba a un escenario dispuesto a contar una historia, y conozco a unos cuantos que lo saben hacer muy bien.
martes, 6 de enero de 2009
Mi tienda

Mi tienda es un pequeño cubículo de 12 m² que está ubicada en un lugar privilegiado, como es la plaza de Almagro, frente al Corral de Comedias, un centro de referencia universal en el teatro clásico. Va a hacer doce años que me trasladé a esta bella ciudad. Entonces no sabía si lo hacía con ilusión por emprender una nueva vida o con miedo porque suponía la huida de Madrid tras haber perdido en todo lo que me había propuesto. Siempre es duro empezar desde tres, como decía Massimo Troisi en su maravillosa película. Por fortuna, aquellos días sombríos ya han pasado y en la actualidad puedo dedicarme casi en exclusiva a hacer aquello que amo.
En mi tienda, que pronto va a cumplir cuatro años, paso muchas horas cada día, no tengo un horario fijo, pero hay días en los que puedo estar doce o catorce horas, y no porque vaya a vender más libros o marionetas. Los compradores no suelen agolparse ante la tienda de un escritor desconocido, y muchos se pasan bastante tiempo ante el escaparate antes de decidirse a entrar. Entre los que pasan por primera vez y se interesan por mi obra suelo establecer dos categorías. Están los que comprar un libro por lástima al creer que se encuentran ante alguien que no se ha sabido adaptar al sistema, y por otra parte, están los que piensan que hay que tener valor y mucha fe en uno mismo para apostarlo todo por una manera diferente de entender la literatura, donde el autor se encarga de todo el proceso.
Yo siempre agradeceré a unos y otros el apoyo que me dan porque se han convertido en los mecenas que me permiten seguir «viviendo del cuento», dicho en el sentido literal de la palabra, aunque principalmente de la novela y el teatro en tiempos de crisis y donde aquellos que se encuentran al margen de la literatura de mercado parecían condenados a desaparecer o a quedar recluidos en pequeños guetos.
La tienda no solo es el escaparate donde ofrezco mi obra, también es mi estudio porque es el lugar donde mejor escribo. A través de las ventanas veo cómo trascurre la vida en Almagro y cómo descubren la villa los miles de turistas que anualmente nos visitan ilusionados por asistir a una representación en el Corral de Comedias. Las tres últimas novelas y dos obras de teatro han cobrado vida y crecido en la tienda, aparte de varios proyectos a los que dedicaré los próximos años porque la necesidad e ilusión por inventar historias y escribirlas no decrece con el paso del tiempo. Es un hermoso juego en el que nunca se conocen las reglas, y en eso radica su grandeza.
No sé cómo sería mi vida si vendiera cientos de miles de libros y si tuviera mis novelas comprometidas con las editoriales antes de haberlas escrito, pero creo que no sería mejor. Ahora tengo el privilegio de escribir lo que quiero, como quiero y cuando quiero, publico cuando mis ahorros o los premios lo permiten, y vendo mis libros cuando alguien quiere conocerlos y cuando mis lectores más fieles quieren completar su colección y que cuidan con un cariño que no deja de sorprenderme.
El invierno es largo y frío en Almagro. No es época en que acudan muchos turistas, pero me gusta estar en la tienda, a pesar de que haya días en que no entre nadie, pero puedo seguir escribiendo y enriqueciéndome con lo que observo a través del escaparate.
En mi tienda, que pronto va a cumplir cuatro años, paso muchas horas cada día, no tengo un horario fijo, pero hay días en los que puedo estar doce o catorce horas, y no porque vaya a vender más libros o marionetas. Los compradores no suelen agolparse ante la tienda de un escritor desconocido, y muchos se pasan bastante tiempo ante el escaparate antes de decidirse a entrar. Entre los que pasan por primera vez y se interesan por mi obra suelo establecer dos categorías. Están los que comprar un libro por lástima al creer que se encuentran ante alguien que no se ha sabido adaptar al sistema, y por otra parte, están los que piensan que hay que tener valor y mucha fe en uno mismo para apostarlo todo por una manera diferente de entender la literatura, donde el autor se encarga de todo el proceso.
Yo siempre agradeceré a unos y otros el apoyo que me dan porque se han convertido en los mecenas que me permiten seguir «viviendo del cuento», dicho en el sentido literal de la palabra, aunque principalmente de la novela y el teatro en tiempos de crisis y donde aquellos que se encuentran al margen de la literatura de mercado parecían condenados a desaparecer o a quedar recluidos en pequeños guetos.
La tienda no solo es el escaparate donde ofrezco mi obra, también es mi estudio porque es el lugar donde mejor escribo. A través de las ventanas veo cómo trascurre la vida en Almagro y cómo descubren la villa los miles de turistas que anualmente nos visitan ilusionados por asistir a una representación en el Corral de Comedias. Las tres últimas novelas y dos obras de teatro han cobrado vida y crecido en la tienda, aparte de varios proyectos a los que dedicaré los próximos años porque la necesidad e ilusión por inventar historias y escribirlas no decrece con el paso del tiempo. Es un hermoso juego en el que nunca se conocen las reglas, y en eso radica su grandeza.
No sé cómo sería mi vida si vendiera cientos de miles de libros y si tuviera mis novelas comprometidas con las editoriales antes de haberlas escrito, pero creo que no sería mejor. Ahora tengo el privilegio de escribir lo que quiero, como quiero y cuando quiero, publico cuando mis ahorros o los premios lo permiten, y vendo mis libros cuando alguien quiere conocerlos y cuando mis lectores más fieles quieren completar su colección y que cuidan con un cariño que no deja de sorprenderme.
El invierno es largo y frío en Almagro. No es época en que acudan muchos turistas, pero me gusta estar en la tienda, a pesar de que haya días en que no entre nadie, pero puedo seguir escribiendo y enriqueciéndome con lo que observo a través del escaparate.
domingo, 4 de enero de 2009
¿Por qué escribo? II
El complejo camino a la novela
Privado de ingresos y sin derecho a percibir el paro porque era autónomo y no me atreví a denunciar ese despido improcedente, comencé un largo periodo de crisis donde hube de renunciar a casi todo lo que había logrado. Como no quería buscar trabajo en nada que estuviera relacionado con la publicidad, y dudaba de mi propia capacidad como fotógrafo, decidí apostar por convertirme guionista, en una decisión que estaba motivada por el resentimiento porque no tenía ningún fundamento para pensar que esa metamorfosis pudiera realizarla en pocos meses.
En ese momento hubiera aceptado con gusto los cambios que me habían impuesto para rodar mi guión, pero no tuve valor para llamar y pedir otra oportunidad. Poco después me puse en contacto con una agencia de guionista, confiando en que ellos me representaran, pero tan solo me ofrecieron hacer una prueba para entrar de guionista en Médico de familia. Como nunca había visto la serie, tuve que comprar un horroroso libro donde se contaba cómo se hizo la serie. Para la prueba me habían pedido que escribiera una escena humorística y otra dramática, pero yo les presenté el guión de un capítulo completo. Un par de semanas más tarde los responsables de la productora justificaron su rechazo diciendo que yo no me adaptaría a trabajar en equipo. Entonces me molestó esa respuesta, aunque ahora creo que tenían razón porque soy incapaz de escribir algo compartido, y menos aún cuando el fin principal es complacer a la audiencia. Creo que aquel fue mi último intento de escribir guiones porque comenzaba a rondarme la idea de dar un paso más y pasarme a la narrativa, puesto que los guiones eran historias en las que debían trabajar otros para que llegaran a concretarse, mientras en el cuento y en la novela todo el proceso estaría en mis manos.
Para dar ese paso, que más parecía un farol de alguien desesperado, no me bastaba con sentarme a escribir lo que me rondara por la cabeza y echarle horas, necesitaba aprender a narrar y paliar mis lagunas gramaticales. Entonces me hubiera gustado matricularme en una escuela literaria, pero el precio era prohibitivo y mis ahorros menguaban a gran velocidad, a pesar de la vida casi monacal que llevaba. Me había trasladado a una vieja portería carente de luz natural y sobrada de frío y humedad donde me pasaba más de doce horas diarias sentado frente al ordenador, y para evitar la desesperación de pensar que era inútil lo que estaba haciendo porque a nadie le iban a interesar las historias que yo contara, me decía que algún día, cuando mi vida hubiera cambiado, recordaría con cariño aquel duro aprendizaje.
A un lado de la mesa tenía el libro de gramática y un diccionario, y al otro, el guión que había escrito para el actor famoso y que elegí para trasformar en novela porque pensaba que era una historia en la que me habían quedado muchas cosas que contar. Cuando el camino habitual es adaptar las novelas a guión, yo había elegido el proceso inverso. Lo pasé mal porque continuamente pensaba que sería incapaz de terminar ese trabajo y que nunca podría escribir una novela porque mi única virtud era cierta agilidad para escribir diálogos, mientras los novelistas eran unos elegidos entre los que no se podría incluir un fotógrafo fracasado.
Supongo que si hubiera tenido otra opción laboral habría abandonado, pero me había cerrado todas las puertas y no me quedaba más remedio que perseverar en esa quimera. Finalmente conseguí terminar mi primera novela: «La futura memoria». También escribí algunos cuentos y un relato que considero muy importante en mi trayectoria y con el que varios años después gané el premio Dulce Chacón de novela corta: «Memorias de un paraguas».
Por aquella época acudí a Almagro para hacer fotos del último montaje de la compañía del Corral de Comedias. Viéndoles trabajar en el escenario, me di cuenta de que el teatro era un género literario en el que podría defenderme con cierta solvencia, y en poco tiempo escribí mi primeras obra, junto a una versión libre de «La Posadera» de Carlo Goldoni, que fue mi primer trabajo estrenado y que se sigue representando después de once años. Aquel encuentro supuso que cerrara mi vida en Madrid y que me trasladara a Almagro para emprender una nueva aventura, y donde los distintos trabajos que he realizado para la compañía de teatro, desde adaptación de textos, fotografía, técnico, encargado de sala y taquillero me han permitido seguir adelante con mi carrera literaria sin sentirme agobiado, algo a lo que también han contribuido los distintos premios que he recibido durante estos años.
Algunos lectores me han dicho que les gustan mis libros porque los protagonistas llevan sus sueños hasta sus últimas consecuencias, algo que no suele ocurrir en la vida real. Yo no sé si he llevado mi quimera hasta sus últimas consecuencias porque en mis sueños de infancia y juventud no aparecía la literatura, aunque sí tuve un sueño poco tiempo después de que me echaran de la productora en el que era capaz de hacer fotografías sin cámara. Puede que sea una buena definición de la literatura que hago porque necesito ver lo que escribo, aunque sigo sin saber por qué lo hago. El título de este largo texto es ¿Por qué escribo? Supongo que lo hago porque inventar historias es la actividad más barata, divertida y gratificante que conozco.
Privado de ingresos y sin derecho a percibir el paro porque era autónomo y no me atreví a denunciar ese despido improcedente, comencé un largo periodo de crisis donde hube de renunciar a casi todo lo que había logrado. Como no quería buscar trabajo en nada que estuviera relacionado con la publicidad, y dudaba de mi propia capacidad como fotógrafo, decidí apostar por convertirme guionista, en una decisión que estaba motivada por el resentimiento porque no tenía ningún fundamento para pensar que esa metamorfosis pudiera realizarla en pocos meses.
En ese momento hubiera aceptado con gusto los cambios que me habían impuesto para rodar mi guión, pero no tuve valor para llamar y pedir otra oportunidad. Poco después me puse en contacto con una agencia de guionista, confiando en que ellos me representaran, pero tan solo me ofrecieron hacer una prueba para entrar de guionista en Médico de familia. Como nunca había visto la serie, tuve que comprar un horroroso libro donde se contaba cómo se hizo la serie. Para la prueba me habían pedido que escribiera una escena humorística y otra dramática, pero yo les presenté el guión de un capítulo completo. Un par de semanas más tarde los responsables de la productora justificaron su rechazo diciendo que yo no me adaptaría a trabajar en equipo. Entonces me molestó esa respuesta, aunque ahora creo que tenían razón porque soy incapaz de escribir algo compartido, y menos aún cuando el fin principal es complacer a la audiencia. Creo que aquel fue mi último intento de escribir guiones porque comenzaba a rondarme la idea de dar un paso más y pasarme a la narrativa, puesto que los guiones eran historias en las que debían trabajar otros para que llegaran a concretarse, mientras en el cuento y en la novela todo el proceso estaría en mis manos.
Para dar ese paso, que más parecía un farol de alguien desesperado, no me bastaba con sentarme a escribir lo que me rondara por la cabeza y echarle horas, necesitaba aprender a narrar y paliar mis lagunas gramaticales. Entonces me hubiera gustado matricularme en una escuela literaria, pero el precio era prohibitivo y mis ahorros menguaban a gran velocidad, a pesar de la vida casi monacal que llevaba. Me había trasladado a una vieja portería carente de luz natural y sobrada de frío y humedad donde me pasaba más de doce horas diarias sentado frente al ordenador, y para evitar la desesperación de pensar que era inútil lo que estaba haciendo porque a nadie le iban a interesar las historias que yo contara, me decía que algún día, cuando mi vida hubiera cambiado, recordaría con cariño aquel duro aprendizaje.
A un lado de la mesa tenía el libro de gramática y un diccionario, y al otro, el guión que había escrito para el actor famoso y que elegí para trasformar en novela porque pensaba que era una historia en la que me habían quedado muchas cosas que contar. Cuando el camino habitual es adaptar las novelas a guión, yo había elegido el proceso inverso. Lo pasé mal porque continuamente pensaba que sería incapaz de terminar ese trabajo y que nunca podría escribir una novela porque mi única virtud era cierta agilidad para escribir diálogos, mientras los novelistas eran unos elegidos entre los que no se podría incluir un fotógrafo fracasado.
Supongo que si hubiera tenido otra opción laboral habría abandonado, pero me había cerrado todas las puertas y no me quedaba más remedio que perseverar en esa quimera. Finalmente conseguí terminar mi primera novela: «La futura memoria». También escribí algunos cuentos y un relato que considero muy importante en mi trayectoria y con el que varios años después gané el premio Dulce Chacón de novela corta: «Memorias de un paraguas».
Por aquella época acudí a Almagro para hacer fotos del último montaje de la compañía del Corral de Comedias. Viéndoles trabajar en el escenario, me di cuenta de que el teatro era un género literario en el que podría defenderme con cierta solvencia, y en poco tiempo escribí mi primeras obra, junto a una versión libre de «La Posadera» de Carlo Goldoni, que fue mi primer trabajo estrenado y que se sigue representando después de once años. Aquel encuentro supuso que cerrara mi vida en Madrid y que me trasladara a Almagro para emprender una nueva aventura, y donde los distintos trabajos que he realizado para la compañía de teatro, desde adaptación de textos, fotografía, técnico, encargado de sala y taquillero me han permitido seguir adelante con mi carrera literaria sin sentirme agobiado, algo a lo que también han contribuido los distintos premios que he recibido durante estos años.
Algunos lectores me han dicho que les gustan mis libros porque los protagonistas llevan sus sueños hasta sus últimas consecuencias, algo que no suele ocurrir en la vida real. Yo no sé si he llevado mi quimera hasta sus últimas consecuencias porque en mis sueños de infancia y juventud no aparecía la literatura, aunque sí tuve un sueño poco tiempo después de que me echaran de la productora en el que era capaz de hacer fotografías sin cámara. Puede que sea una buena definición de la literatura que hago porque necesito ver lo que escribo, aunque sigo sin saber por qué lo hago. El título de este largo texto es ¿Por qué escribo? Supongo que lo hago porque inventar historias es la actividad más barata, divertida y gratificante que conozco.
sábado, 3 de enero de 2009
¿Por qué escribo? I
De la nada al guión
Supongo que llevo quince años haciéndome esta pregunta. Antes no me la había hecho porque nunca había pensado que podría convertirme en escritor. Durante treinta y dos años mi vida siguió otra dirección más conformista y en cierto modo había tenido suerte porque contaba con un buen empleo en una productora publicitaria. Era un trabajo cómodo porque no tenía que tratar con los clientes, mi labor se centraba en preparar las fotos o los rodajes y anticiparme a los problemas técnicos que pudieran suceder para evitar que los costes se dispararan, sobre todo cuando trabajábamos con modelos que cobraban por sesiones de cuatro horas. Me había pasado doce años moviéndome en los platós y me gustaba lo que hacía porque cada trabajo era diferente. Pintaba decorados, me defendía con la carpintería, viajaba para hacer localizaciones y era un buen iluminador, tanto con focos de cine como con flash. También sabía manejar todo tipo de cámaras fotográficas, desde 35mm. hasta de placas de gran formato, y algunas de cine, principalmente de 16 mm.
En realidad era un privilegiado porque hacía lo que me gustaba y cobraba generosamente por ello, aunque en los doce años que desarrollé esa actividad nunca superé la sensación de provisionalidad, como si supiera que ese no era un trabajo definitivo. Supongo que el cambio en mi vida se comenzó a gestar cuando una mujer se dio cuenta de que yo no utilizaba todo lo que guardaba en mi interior y me incitó a que no me conformara. Ella pensaba que yo era muy buen fotógrafo y debía seguir mi propia línea. Por entonces estábamos rodado un cortometraje y al ver el guión pensé que yo tenía ideas que podría desarrollar para hacer cortos. Compré varios libros especializados en el tema y en pocas semanas había escrito cinco guiones. Ninguno de los cuales se rodó, pero lo más importante era que había roto la barrera que me impedía expresar lo que pensaba, y nuevas ideas aparecían en mi mente esperando el momento de que las escribiera. Pensaba en guiones para largometraje, por entonces no me planteaba la narrativa o el teatro porque mi formación literaria era pobre, así como el manejo de la gramática. Durante más de un año compaginé mi trabajo en la productora con la escritura. Creía que si llevaba un guión a una productora no me harían caso, así que las primeras visitas las hice llevando cinco guiones, y me equivoqué porque a las productoras les daba igual que les llevaras un guión o cinco, puesto que no tenían el menor interés por conocer nuevas historias. Con aquello me llevé una gran decepción, y la misma mujer me dijo que no me recreara con mi ira y la convirtiera en algo creativo. Unos días después comencé a escribir el guión que cambió mi destino en varias vías, y todas diferentes a lo que imaginaba y deseaba. Lo escribí porque teníamos que hacerle fotos a un veterano actor famoso, y pensé que escribiendo un guión que se adaptara a él podría provocar su interés y que se me abrieran las puertas de la industria.
Tras aquellas fotos sólo recibí buenas palabras, al tiempo que me sentía saturado de la publicidad, aunque mi trabajo era cómodo, pero todo la hipocresía que había alrededor me espantaba y tenía mucha más ilusión en la nueva actividad que estaba emprendiendo. Poco después los acontecimientos se precipitaron. Por un lado recibí la respuesta de una productora que había puesto un anuncio en la prensa solicitando guiones para hacer una película, y uno de los míos: «La mujer del taxi», resultó elegido. Esa excelente noticia dejó de ser grata tras la reunión que mantuve con el director y la jefa de producción. El número de cambios que debía hacer me pareció inadmisible porque cambiaba totalmente el sentido de la historia. Entonces comprendí una de las famosas frases de Billy Wilder en su época de guionista, cuando le preguntaron si los directores debían saber escribir, y él respondió: «Me conformaría con que supieran leer».
Yo estaba a una distancia sideral de ese genio y me limité a rechazar su oferta. Entonces me amenazaron con utilizar sus influencias para que no pudiera trabajar en el cine. Por entonces seguía trabajando y pensé que debía esperar una mejor oportunidad, pero un mes después la productora decidió cerrar el plató y prescindir de mis servicios porque en la nueva línea que iban a emprender no había sitio para mí. Nunca llegué a conocer esa nueva línea porque mis antiguos compañeros y socios tuvieron que cerrar un año después derrotados por su propia ambición.
Supongo que llevo quince años haciéndome esta pregunta. Antes no me la había hecho porque nunca había pensado que podría convertirme en escritor. Durante treinta y dos años mi vida siguió otra dirección más conformista y en cierto modo había tenido suerte porque contaba con un buen empleo en una productora publicitaria. Era un trabajo cómodo porque no tenía que tratar con los clientes, mi labor se centraba en preparar las fotos o los rodajes y anticiparme a los problemas técnicos que pudieran suceder para evitar que los costes se dispararan, sobre todo cuando trabajábamos con modelos que cobraban por sesiones de cuatro horas. Me había pasado doce años moviéndome en los platós y me gustaba lo que hacía porque cada trabajo era diferente. Pintaba decorados, me defendía con la carpintería, viajaba para hacer localizaciones y era un buen iluminador, tanto con focos de cine como con flash. También sabía manejar todo tipo de cámaras fotográficas, desde 35mm. hasta de placas de gran formato, y algunas de cine, principalmente de 16 mm.
En realidad era un privilegiado porque hacía lo que me gustaba y cobraba generosamente por ello, aunque en los doce años que desarrollé esa actividad nunca superé la sensación de provisionalidad, como si supiera que ese no era un trabajo definitivo. Supongo que el cambio en mi vida se comenzó a gestar cuando una mujer se dio cuenta de que yo no utilizaba todo lo que guardaba en mi interior y me incitó a que no me conformara. Ella pensaba que yo era muy buen fotógrafo y debía seguir mi propia línea. Por entonces estábamos rodado un cortometraje y al ver el guión pensé que yo tenía ideas que podría desarrollar para hacer cortos. Compré varios libros especializados en el tema y en pocas semanas había escrito cinco guiones. Ninguno de los cuales se rodó, pero lo más importante era que había roto la barrera que me impedía expresar lo que pensaba, y nuevas ideas aparecían en mi mente esperando el momento de que las escribiera. Pensaba en guiones para largometraje, por entonces no me planteaba la narrativa o el teatro porque mi formación literaria era pobre, así como el manejo de la gramática. Durante más de un año compaginé mi trabajo en la productora con la escritura. Creía que si llevaba un guión a una productora no me harían caso, así que las primeras visitas las hice llevando cinco guiones, y me equivoqué porque a las productoras les daba igual que les llevaras un guión o cinco, puesto que no tenían el menor interés por conocer nuevas historias. Con aquello me llevé una gran decepción, y la misma mujer me dijo que no me recreara con mi ira y la convirtiera en algo creativo. Unos días después comencé a escribir el guión que cambió mi destino en varias vías, y todas diferentes a lo que imaginaba y deseaba. Lo escribí porque teníamos que hacerle fotos a un veterano actor famoso, y pensé que escribiendo un guión que se adaptara a él podría provocar su interés y que se me abrieran las puertas de la industria.
Tras aquellas fotos sólo recibí buenas palabras, al tiempo que me sentía saturado de la publicidad, aunque mi trabajo era cómodo, pero todo la hipocresía que había alrededor me espantaba y tenía mucha más ilusión en la nueva actividad que estaba emprendiendo. Poco después los acontecimientos se precipitaron. Por un lado recibí la respuesta de una productora que había puesto un anuncio en la prensa solicitando guiones para hacer una película, y uno de los míos: «La mujer del taxi», resultó elegido. Esa excelente noticia dejó de ser grata tras la reunión que mantuve con el director y la jefa de producción. El número de cambios que debía hacer me pareció inadmisible porque cambiaba totalmente el sentido de la historia. Entonces comprendí una de las famosas frases de Billy Wilder en su época de guionista, cuando le preguntaron si los directores debían saber escribir, y él respondió: «Me conformaría con que supieran leer».
Yo estaba a una distancia sideral de ese genio y me limité a rechazar su oferta. Entonces me amenazaron con utilizar sus influencias para que no pudiera trabajar en el cine. Por entonces seguía trabajando y pensé que debía esperar una mejor oportunidad, pero un mes después la productora decidió cerrar el plató y prescindir de mis servicios porque en la nueva línea que iban a emprender no había sitio para mí. Nunca llegué a conocer esa nueva línea porque mis antiguos compañeros y socios tuvieron que cerrar un año después derrotados por su propia ambición.
lunes, 22 de diciembre de 2008
Cuento de Navidad
ESE HOMBRE
Era Nochebuena y un hombre caminaba despacio por las calles vacías de la ciudad. Llevaba la cabeza inclinada, el rostro contraído y la mirada perdida. Los villancicos ajenos se convertían en un siniestro eco que le dañaba los oídos. Escuchaba el descorche de las botellas y los brindis de las familias que se creían felices, pero nadie brindaba con él. Las lámparas que iluminaban cada casa no alcanzaban para sacarle de la penumbra. Nadie podría explicarse por qué marchaba solo en una noche de fiesta tan especial. ¿Acaso no tenía una familia con la que celebrar esa noche de paz?
Ese hombre no lloraba su soledad. Ese hombre no estaba desesperado ni quería quitarse la vida, tenía un destino importante que cumplir del que dependía la felicidad de toda la comunidad. No, él no era Santa Claus ni portaba regalos para los demás. Ese hombre era empleado de la compañía eléctrica y estaba de guardia para vigilar que no se cortara la luz en la ciudad. Ese hombre iba maldiciendo a su jefe y jurando ante Dios que no le volverían a pringar en Navidad.
Era Nochebuena y un hombre caminaba despacio por las calles vacías de la ciudad. Llevaba la cabeza inclinada, el rostro contraído y la mirada perdida. Los villancicos ajenos se convertían en un siniestro eco que le dañaba los oídos. Escuchaba el descorche de las botellas y los brindis de las familias que se creían felices, pero nadie brindaba con él. Las lámparas que iluminaban cada casa no alcanzaban para sacarle de la penumbra. Nadie podría explicarse por qué marchaba solo en una noche de fiesta tan especial. ¿Acaso no tenía una familia con la que celebrar esa noche de paz?
Ese hombre no lloraba su soledad. Ese hombre no estaba desesperado ni quería quitarse la vida, tenía un destino importante que cumplir del que dependía la felicidad de toda la comunidad. No, él no era Santa Claus ni portaba regalos para los demás. Ese hombre era empleado de la compañía eléctrica y estaba de guardia para vigilar que no se cortara la luz en la ciudad. Ese hombre iba maldiciendo a su jefe y jurando ante Dios que no le volverían a pringar en Navidad.
domingo, 21 de diciembre de 2008
El viaje de los libros
Ya hace quince años que decidí convertirme en escritor; diez, de la publicación de mi primera novela; nueve, desde que gané el primero de los premios literarios; y casi cuatro, desde que abrí mi propia tienda para culminar el proceso de escritor, editor y vendedor.
Ha sido un largo y, en ocasiones, tempestuoso viaje por la carencia de medios y por las dudas sobre mi valía, aunque ahora tengo la impresión de que apenas si he dado unos pocos pasos de largo camino que me queda por recorrer. Unos cuatro mil libros han salido de mi tienda para emprender cada uno de ellos su particular aventura. Algunos habrán pasado por muchas manos, mientras otros permanecerán durante años en una estantería sin que nadie repare en ellos. Me consta que entre todos han viajado mucho más que yo. Sé que aparte de toda España, han llegado hasta países como Francia, Inglaterra, Suiza, República Checa, Italia, Portugal, Rusia, Argentina, Uruguay, Chile, Colombia, Venezuela, Cuba, México, Estados Unidos, Japón y Sudáfrica. Es grato saber que los frutos de mi fantasía han llegado tan lejos, aunque sea a pequeña escala.
Sé que bastantes escritores venden muchos más ejemplares en pocas horas y que sus libros se encuentran en casi todas las ciudades del mundo. Se puede decir que me separa de ellos una distancia abismal, y así se puede entender si se comparan los ingresos o la fama; pero el oficio de escritor es el mismo y contamos con una única herramienta: la palabra. Y cuando un lector me dice que «Y el pirata creó el mar» le ha gustado más que «Los pilares de la tierra»; que «Lágrimas de Yaiza» está entre los tres libros más importantes de su vida; o que al leer «Qal’at rabah» han tenido el deseo de recorrer el Campo de Calatrava para recrear el viaje hecho por los cómicos del siglo XVII, sé que merece la pena lo andado y contemplo con menos miedo las historias en que estoy trabajando y aquellas otras que todavía no he sido capaz de imaginar.
Ha sido un largo y, en ocasiones, tempestuoso viaje por la carencia de medios y por las dudas sobre mi valía, aunque ahora tengo la impresión de que apenas si he dado unos pocos pasos de largo camino que me queda por recorrer. Unos cuatro mil libros han salido de mi tienda para emprender cada uno de ellos su particular aventura. Algunos habrán pasado por muchas manos, mientras otros permanecerán durante años en una estantería sin que nadie repare en ellos. Me consta que entre todos han viajado mucho más que yo. Sé que aparte de toda España, han llegado hasta países como Francia, Inglaterra, Suiza, República Checa, Italia, Portugal, Rusia, Argentina, Uruguay, Chile, Colombia, Venezuela, Cuba, México, Estados Unidos, Japón y Sudáfrica. Es grato saber que los frutos de mi fantasía han llegado tan lejos, aunque sea a pequeña escala.
Sé que bastantes escritores venden muchos más ejemplares en pocas horas y que sus libros se encuentran en casi todas las ciudades del mundo. Se puede decir que me separa de ellos una distancia abismal, y así se puede entender si se comparan los ingresos o la fama; pero el oficio de escritor es el mismo y contamos con una única herramienta: la palabra. Y cuando un lector me dice que «Y el pirata creó el mar» le ha gustado más que «Los pilares de la tierra»; que «Lágrimas de Yaiza» está entre los tres libros más importantes de su vida; o que al leer «Qal’at rabah» han tenido el deseo de recorrer el Campo de Calatrava para recrear el viaje hecho por los cómicos del siglo XVII, sé que merece la pena lo andado y contemplo con menos miedo las historias en que estoy trabajando y aquellas otras que todavía no he sido capaz de imaginar.
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